2026-09-21

El comentario de José Antonio Pagola para el 26º Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A), correspondiente al 27 de septiembre de 2026, se titula "Para Jesús, los últimos son los primeros" y gira en torno al texto del Evangelio de Mateo (21,28-32) sobre la parábola de los dos hijos. [1, 2]
El Evangelio y la Parábola
  • El texto: Mateo 21, 28-32 relata la historia del padre que manda a sus dos hijos a trabajar a la viña.
  • El primer hijo: Dice que "no" al principio, pero luego se arrepiente y va.
  • El segundo hijo: Dice que "sí", pero al final no va a trabajar.
  • El mensaje: Jesús confronta a los líderes religiosos (sumos sacerdotes y ancianos) indicándoles que los pecadores que cambian de vida (como publicanos y prostitutas) entran antes en el Reino de Dios que aquellos que tienen una religión de apariencias y solo dan buenas palabras sin obras. [1, 2]
Claves del Comentario de Pagola
  • Una sociedad dividida: Pagola recuerda que Jesús vivió en una sociedad llena de barreras y etiquetas (puros e impuros, justos y pecadores, sanos y enfermos). [1, 2]
  • El corazón de Dios: Frente a los exclusivismos religiosos de su época, Jesús rompe esquemas y pone en un lugar de privilegio a los descartados, a los "últimos" de la fila social. [1]
  • Hechos, no palabras: La verdadera conversión pide alinear la vida con la práctica del bien y la justicia, superando la hipocresía de una fe teórica que no se traduce en compromisos reales con los necesitados.
Puedes leer la reflexión completa y actualizada del autor en Religión Digital. [1]

    26 Tiempo ordinario – A (Mateo 21,28-32)

    PARA JESÚS, LOS ÚLTIMOS SON LOS PRIMEROS

    Jesús conoció una sociedad dividida por barreras de separación y atravesada por complejas discriminaciones. En ella encontramos judíos que pueden entrar en el templo y paganos excluidos del culto; personas «puras» con las que se puede tratar y personas «impuras» a las que hay que evitar; «prójimos» a los que se debe amar y «no prójimos» a los que se puede abandonar; hombres «piadosos» observantes de la ley y «gentes malditas» que ni conocen ni cumplen lo prescrito; personas «sanas» bendecidas por Dios y «enfermos» malditos que no tienen acceso al templo; personas «justas» y hombres y mujeres «pecadores».

    La actuación de Jesús en esta sociedad resulta tan sorprendente que todavía hoy nos resistimos a aceptarla. No adopta la postura de los grupos fariseos, que evitan todo contacto con impuros y pecadores. No sigue la actitud elitista de Qumrán, donde se redactan listas precisas de los que quedan excluidos de la comunidad.

    Jesús se acerca precisamente a los más discriminados. Se sienta a comer con publicanos. Se deja besar los pies por una pecadora. Toca con su mano a los leprosos. Busca salvar «lo que está perdido». La gente lo llama «amigo de pecadores». Con insistencia provocativa va repitiendo que «los últimos serán los primeros», y que los publicanos y las prostitutas van por delante de los escribas y sacerdotes en el camino del reino de Dios.

    ¿Quién sospecha hoy realmente que los alcohólicos, vagabundos, pordioseros y todos los que forman el desecho de la sociedad pueden ser ante Dios los primeros? ¿Quién se atreve a pensar que las prostitutas, los heroinómanos o los afectados por el sida pueden preceder a no pocos eclesiásticos de vida intachable?

    Sin embargo, aunque ya casi nadie os lo diga, vosotros, los indeseables y anatematizados, tenéis que saber que el Dios revelado en Jesucristo sigue siendo realmente vuestro amigo. Vosotros podéis «entender» y acoger el perdón de Dios mejor que muchos cristianos que no sienten necesidad de arrepentirse de nada.

    Cuando nosotros os evitamos, Dios se os acerca. Cuando nosotros os humillamos, él os defiende. Cuando os despreciamos, os acoge. En lo más oscuro de vuestra noche no estáis solos. En lo más profundo de vuestra humillación no estáis abandonados. No hay sitio para vosotros en nuestra sociedad ni en nuestro corazón. Por eso precisamente tenéis un lugar privilegiado en el corazón de Dios.

    José Antonio Pagola


    2026-09-18

    aord25p_mt20:1-16 (pagola-edd)

    DOMINGO 25 DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

    IA26
    El texto para el domingo 25 del Tiempo Ordinario (Ciclo A) según la reflexión de José Antonio Pagola en Grupos de Jesús se centra en la parábola de los trabajadores de la viña (Mateo 20,1-16) y nos invita a confiar en la bondad insondable de Dios. [1, 2, 3]
    Ideas principales de la reflexión de Pagola
    • Un Dios que rompe esquemas: Jesús enseña que Dios no actúa según nuestros cálculos humanos de mérito y retribución estricta, sino movido por una bondad generosa que sorprende y desconcierta. [1, 2]
    • Mirar la necesidad, no el mérito: El dueño de la viña paga a todos los jornaleros por igual (un denario) porque a Dios le importa la vida y la necesidad de cada persona, no cuántas horas trabajó o qué tan meritoria fue su labor. [1]
    • Superar la envidia y el cálculo: La reacción de los primeros trabajadores refleja nuestra tendencia a medir el amor y la gracia de Dios con criterios de ganancia y competencia. Jesús nos llama a alegrarnos de que Dios sea bueno con los demás. [1]
    • Inspirar la convivencia: La bondad de Dios no fomenta la irresponsabilidad, sino que debe convertirse en el modelo y la medida para nuestras propias relaciones humanas, basadas en la compasión y la solidaridad. [1]

    2026-09-07

    aord24p_mt18:21-35 (pagola-edd)

    DOMINGO 24 DEL TIEMPO ORDINARIO - PAGOLA
    IA2026
    El comentario de José Antonio Pagola para el 24º domingo del tiempo ordinario (Ciclo A) gira en torno al pasaje evangélico de San Mateo (18, 21-35) y lleva por título habitual "Perdonar nos hace bien" o "Apología del perdón". [1, 2, 3]
    Puedes leer el comentario completo y la reflexión institucional de este ciclo en Grupos de Jesús. [1]
    Puntos clave de la reflexión de Pagola:
    • La pregunta de Pedro: Pedro le pregunta a Jesús si es suficiente perdonar hasta siete veces. Jesús responde «no siete veces, sino hasta setenta veces siete», lo que significa un perdón sin límites. [1]
    • El perdón libera al ofendido: Pagola destaca que quien más se beneficia al perdonar no es solo el que recibe el perdón, sino la persona ofendida. El perdón libera el corazón del rencor, devuelve la dignidad y permite iniciar una nueva vida sin el peso del odio. [1]
    • La sanación profunda: Perdonar no es solo un mandato estrictamente religioso o una carga moral pesada, sino el camino más sano y eficaz para erradicar el mal del interior y lograr una salud emocional y espiritual plena. [1, 2]
    • La medida de Dios: La parábola del siervo despiadado recuerda que hemos sido perdonados de manera infinita por Dios, por lo que estamos llamados a vivir también contagiando esa misma misericordia con los demás. [1, 2]

     

    https://www.google.com/search?q=domingo+24+del+tiempo+ordinario+ciclo+a%2C+a%C3%B1o+par%2C+jos%C3%A9+antonio+pagola&sca_esv=e359e9a73c7375ff&sxsrf=APpeQnuo_jQpIGQ-jvIN84sphviPuNooxg%3A1788786703647&ei=D7ieas_6JpbLkPIPran3kAU&biw=1215&bih=523&ved=2ahUKEwiPvrLgxdyWAxWWJUQIHa3UHVIQ4dUDegQIBhAM&uact=5&oq=domingo+24+del+tiempo+ordinario+ciclo+a%2C+a%C3%B1o+par%2C+jos%C3%A9+antonio+pagola&gs_lp=Egxnd3Mtd2l6LXNlcnAiR2RvbWluZ28gMjQgZGVsIHRpZW1wbyBvcmRpbmFyaW8gY2ljbG8gYSwgYcOxbyBwYXIsIGpvc8OpIGFudG9uaW8gcGFnb2xhSKygAVCiF1iymAFwBHgBkAEAmAH0AaABjh-qAQYwLjIxLjO4AQPIAQD4AQGYAgugAp4PwgIKEAAYRxjWBBiwA8ICBRAAGO8FwgIIEAAYiQUYogTCAgQQIRgKmAMAiAYBkAYGkgcFMi40LjWgB99GsgcFMC40LjW4B8oOwgcFMy0yLjnIB4gCgAgB&sclient=gws-wiz-serp 

    _______

    24 Tiempo ordinario – A (Mateo 18,21-35)

    Evangelio del 13 / Sept / 2026

    Publicado el 07/ Sep/ 2026por Coordinador - Mario González Juradoevangelio, Pagola

    APOLOGÍA DEL PERDÓN

    Casi siempre que he escrito sobre el perdón he recibido cartas, por lo general anónimas, en que se me acusaba de olvidar el sufrimiento de las víctimas del terrorismo, de no entender la humillación de quien ha sido traicionado por su cónyuge, de no «tener los pies sobre el suelo» y cosas semejantes.

    No me resulta difícil comprender esta resistencia al perdón. ¿Cómo no voy a intuir la rabia, impotencia y dolor de quien ha sido víctima de la violencia, el desprecio o la traición? Pero, precisamente, el resentimiento y la agresividad que se advierten tras esas líneas me hacen ver con mayor claridad qué sería de un mundo en que se suprimiera el perdón.

    Hay un mecanismo de defensa bien conocido por los psicólogos. En virtud de un «mimetismo misterioso», quien ha sido víctima de una agresión tiende a su vez a imitar de alguna manera a su agresor. Se trata de una reacción casi instintiva que se desata en el inconsciente individual o colectivo y puede incluso transmitirse de generación en generación.

    Si, en algún momento, no se produce una reacción de signo contrario, el mal tiende a perpetuarse. Cuando la víctima no quiere o no puede perdonar, queda en ella una «herida mal curada» que le hace daño, pues la encadena negativamente al pasado. De la misma manera, el resentimiento instalado en una sociedad hace más difícil la lucidez para buscar caminos de convivencia, y puede bloquear todo esfuerzo por encontrar solución a los conflictos.

    El deseo de revancha es, sin duda, la respuesta más instintiva ante la ofensa. La persona necesita defenderse de la herida recibida, pero, como advierte el conocido experto Jacques Pohier, quien pretenda curar su herida infligiendo sufrimiento al agresor, se equivoca. El sufrimiento no posee un poder mágico para curar de la humillación o la agresión recibidas. Puede producir una breve satisfacción, pero la persona necesita algo más para volver a vivir de forma sana. Lo decía hace mucho tiempo Henri Lacordaire: «¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona».

    A veces se olvida que el proceso del perdón a quien más bien hace es al ofendido, pues lo libera del mal, hace crecer su dignidad y nobleza, le da fuerzas para recrear su vida, le permite iniciar nuevos proyectos. Cuando Jesús invita a perdonar «hasta setenta veces siete», está invitando a seguir el camino más sano y eficaz para erradicar de nuestra vida el mal. Sus palabras adquieren una hondura todavía mayor para quien cree en Dios como fuente última de perdón: «Perdonad y seréis perdonados».


    José Antonio Pagola

    https://www.gruposdejesus.com/24-tiempo-ordinario-a-mateo-1821-35-3/ 

    ____________

    Evangelio según San Mateo 18,21-35.

    Se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?".
    Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
    Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.
    Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
    Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
    El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".
    El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
    Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'.
    El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'.
    Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
    Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.
    Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.
    ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?'.
    E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
    Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos".
    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    San Cipriano (c. 200-258)

    obispo de Cartago y mártir

    La Oración del Señor, 23-24

    «Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a os que nos han ofendido»

         El Señor nos obliga a perdonar las ofensas de los que nos han ofendido, tal como nosotros pedimos que nos perdone las nuestras (Mt 6,12). Hemos de saber que no podemos obtener lo que pedimos en lo referente a nuestros pecados, si no hacemos lo mismo con los que han pecado contra nosotros. Por esto Cristo dice en otra parte: «La medida que usaréis la usarán también con vosotros» (Mt 7,2). Y el siervo que, después de haber sido perdonado de toda su deuda, no ha querido hacer él lo mismo con el compañero de servicio que le debía, es metido en la cárcel. Porque no quiso tener compasión con su compañero, perdió lo que su amo le había concedido gratuitamente. Y esto, Cristo lo establece aún con más fuerza en sus preceptos, cuando decreta...: «Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas. Pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en el cielo os perdonará vuestras culpas» (Mc 11,25-26)...

      Cuando Abel y Caín, ofrecieron los primeros sus sacrificios, no fueron su ofrendas lo que Dios miró, sino su corazón (Gn 4,3s). Aquel cuya ofrenda le agradó, es aquel cuyo corazón le agradaba. Abel, pacífico y justo, ofreciendo en su inocencia un sacrificio a Dios, enseñaba a los demás a acercarse con el temor de Dios a ofrecer su ofrenda sobre el altar, con un corazón sencillo, el sentido de la justicia, y mereció llegar a ser él mismo una preciosa ofrenda y dar el primer testimonio de martirio. Prefiguró, por la gloria de su sangre, la Pasión del Señor, porque poseía la justicia y la paz del Señor. Los hombres semejantes a él son los que se ven coronados por el Señor, y que, en el día del juicio, obtendrán la justicia.

    ***