2026-09-18

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DOMINGO 25 DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

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El texto para el domingo 25 del Tiempo Ordinario (Ciclo A) según la reflexión de José Antonio Pagola en Grupos de Jesús se centra en la parábola de los trabajadores de la viña (Mateo 20,1-16) y nos invita a confiar en la bondad insondable de Dios. [1, 2, 3]
Ideas principales de la reflexión de Pagola
  • Un Dios que rompe esquemas: Jesús enseña que Dios no actúa según nuestros cálculos humanos de mérito y retribución estricta, sino movido por una bondad generosa que sorprende y desconcierta. [1, 2]
  • Mirar la necesidad, no el mérito: El dueño de la viña paga a todos los jornaleros por igual (un denario) porque a Dios le importa la vida y la necesidad de cada persona, no cuántas horas trabajó o qué tan meritoria fue su labor. [1]
  • Superar la envidia y el cálculo: La reacción de los primeros trabajadores refleja nuestra tendencia a medir el amor y la gracia de Dios con criterios de ganancia y competencia. Jesús nos llama a alegrarnos de que Dios sea bueno con los demás. [1]
  • Inspirar la convivencia: La bondad de Dios no fomenta la irresponsabilidad, sino que debe convertirse en el modelo y la medida para nuestras propias relaciones humanas, basadas en la compasión y la solidaridad. [1]

2026-09-07

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DOMINGO 24 DEL TIEMPO ORDINARIO - PAGOLA
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El comentario de José Antonio Pagola para el 24º domingo del tiempo ordinario (Ciclo A) gira en torno al pasaje evangélico de San Mateo (18, 21-35) y lleva por título habitual "Perdonar nos hace bien" o "Apología del perdón". [1, 2, 3]
Puedes leer el comentario completo y la reflexión institucional de este ciclo en Grupos de Jesús. [1]
Puntos clave de la reflexión de Pagola:
  • La pregunta de Pedro: Pedro le pregunta a Jesús si es suficiente perdonar hasta siete veces. Jesús responde «no siete veces, sino hasta setenta veces siete», lo que significa un perdón sin límites. [1]
  • El perdón libera al ofendido: Pagola destaca que quien más se beneficia al perdonar no es solo el que recibe el perdón, sino la persona ofendida. El perdón libera el corazón del rencor, devuelve la dignidad y permite iniciar una nueva vida sin el peso del odio. [1]
  • La sanación profunda: Perdonar no es solo un mandato estrictamente religioso o una carga moral pesada, sino el camino más sano y eficaz para erradicar el mal del interior y lograr una salud emocional y espiritual plena. [1, 2]
  • La medida de Dios: La parábola del siervo despiadado recuerda que hemos sido perdonados de manera infinita por Dios, por lo que estamos llamados a vivir también contagiando esa misma misericordia con los demás. [1, 2]

 

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24 Tiempo ordinario – A (Mateo 18,21-35)

Evangelio del 13 / Sept / 2026

Publicado el 07/ Sep/ 2026por Coordinador - Mario González Juradoevangelio, Pagola

APOLOGÍA DEL PERDÓN

Casi siempre que he escrito sobre el perdón he recibido cartas, por lo general anónimas, en que se me acusaba de olvidar el sufrimiento de las víctimas del terrorismo, de no entender la humillación de quien ha sido traicionado por su cónyuge, de no «tener los pies sobre el suelo» y cosas semejantes.

No me resulta difícil comprender esta resistencia al perdón. ¿Cómo no voy a intuir la rabia, impotencia y dolor de quien ha sido víctima de la violencia, el desprecio o la traición? Pero, precisamente, el resentimiento y la agresividad que se advierten tras esas líneas me hacen ver con mayor claridad qué sería de un mundo en que se suprimiera el perdón.

Hay un mecanismo de defensa bien conocido por los psicólogos. En virtud de un «mimetismo misterioso», quien ha sido víctima de una agresión tiende a su vez a imitar de alguna manera a su agresor. Se trata de una reacción casi instintiva que se desata en el inconsciente individual o colectivo y puede incluso transmitirse de generación en generación.

Si, en algún momento, no se produce una reacción de signo contrario, el mal tiende a perpetuarse. Cuando la víctima no quiere o no puede perdonar, queda en ella una «herida mal curada» que le hace daño, pues la encadena negativamente al pasado. De la misma manera, el resentimiento instalado en una sociedad hace más difícil la lucidez para buscar caminos de convivencia, y puede bloquear todo esfuerzo por encontrar solución a los conflictos.

El deseo de revancha es, sin duda, la respuesta más instintiva ante la ofensa. La persona necesita defenderse de la herida recibida, pero, como advierte el conocido experto Jacques Pohier, quien pretenda curar su herida infligiendo sufrimiento al agresor, se equivoca. El sufrimiento no posee un poder mágico para curar de la humillación o la agresión recibidas. Puede producir una breve satisfacción, pero la persona necesita algo más para volver a vivir de forma sana. Lo decía hace mucho tiempo Henri Lacordaire: «¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona».

A veces se olvida que el proceso del perdón a quien más bien hace es al ofendido, pues lo libera del mal, hace crecer su dignidad y nobleza, le da fuerzas para recrear su vida, le permite iniciar nuevos proyectos. Cuando Jesús invita a perdonar «hasta setenta veces siete», está invitando a seguir el camino más sano y eficaz para erradicar de nuestra vida el mal. Sus palabras adquieren una hondura todavía mayor para quien cree en Dios como fuente última de perdón: «Perdonad y seréis perdonados».


José Antonio Pagola

https://www.gruposdejesus.com/24-tiempo-ordinario-a-mateo-1821-35-3/ 

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Evangelio según San Mateo 18,21-35.

Se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.
Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".
El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'.
El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'.
Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.
Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.
¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?'.
E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos".
Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

San Cipriano (c. 200-258)

obispo de Cartago y mártir

La Oración del Señor, 23-24

«Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a os que nos han ofendido»

     El Señor nos obliga a perdonar las ofensas de los que nos han ofendido, tal como nosotros pedimos que nos perdone las nuestras (Mt 6,12). Hemos de saber que no podemos obtener lo que pedimos en lo referente a nuestros pecados, si no hacemos lo mismo con los que han pecado contra nosotros. Por esto Cristo dice en otra parte: «La medida que usaréis la usarán también con vosotros» (Mt 7,2). Y el siervo que, después de haber sido perdonado de toda su deuda, no ha querido hacer él lo mismo con el compañero de servicio que le debía, es metido en la cárcel. Porque no quiso tener compasión con su compañero, perdió lo que su amo le había concedido gratuitamente. Y esto, Cristo lo establece aún con más fuerza en sus preceptos, cuando decreta...: «Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas. Pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en el cielo os perdonará vuestras culpas» (Mc 11,25-26)...

  Cuando Abel y Caín, ofrecieron los primeros sus sacrificios, no fueron su ofrendas lo que Dios miró, sino su corazón (Gn 4,3s). Aquel cuya ofrenda le agradó, es aquel cuyo corazón le agradaba. Abel, pacífico y justo, ofreciendo en su inocencia un sacrificio a Dios, enseñaba a los demás a acercarse con el temor de Dios a ofrecer su ofrenda sobre el altar, con un corazón sencillo, el sentido de la justicia, y mereció llegar a ser él mismo una preciosa ofrenda y dar el primer testimonio de martirio. Prefiguró, por la gloria de su sangre, la Pasión del Señor, porque poseía la justicia y la paz del Señor. Los hombres semejantes a él son los que se ven coronados por el Señor, y que, en el día del juicio, obtendrán la justicia.

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2026-08-31

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XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A 

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 Para el 23.º domingo del tiempo ordinario del Ciclo A, que se celebra el 6 de septiembre de 2026, la reflexión de José Antonio Pagola sobre el Evangelio de Mateo (18, 15-20) lleva por título «Reunirse en el nombre de Jesús». [1, 2]

El Texto del Evangelio (Mateo 18, 15-20)
  • Jesús habla de la corrección fraterna: si un hermano falla, hay que hablar con él a solas.
  • Si no escucha, se recurre a testigos y finalmente a la comunidad.
  • El pasaje culmina con una promesa central: "Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". [1, 2, 3]

Claves de la Reflexión de José Antonio Pagola
1. El verdadero sentido de la comunidad
  • Más que inercia: En la Iglesia de Jesús no se puede estar por mera costumbre, miedo o rutina.
  • Adhesión viva: Los seguidores deben estar unidos por una conversión real y por el contacto constante con el Evangelio.
  • La tarea primordial: El primer quehacer de la comunidad cristiana es aprender a reunirse verdaderamente en su nombre. [1, 2]
2. Dónde está la presencia de Dios
  • Sin un gran templo: La destrucción histórica del Templo de Jerusalén obligó a buscar a Dios más allá de los edificios sagrados.
  • En lo pequeño: Dios no se manifiesta por el poder o las imposiciones, sino en las reuniones sencillas de los creyentes.
  • La promesa activa: Jesús asegura su presencia viva allí donde un pequeño grupo se une animado por su Espíritu. [1, 2, 3, 4]
3. Vivir con el estilo de Jesús
  • Un espacio espiritual: Reunirse en su nombre significa crear un ambiente donde reine su compasión y su manera de tratar a los demás.
  • Renovación esencial: Para Pagola, los grandes proyectos humanos o sociales pasan, pero lo que permanece es vivir la fe desde la cercanía, el amor y el perdón que enseñó Jesús. [1, 2]

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23 Tiempo ordinario – A (Mateo 18,15-20)


¿QUÉ HAGO YO POR UNA IGLESIA MÁS FIEL A JESÚS?

«Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». La mejor manera de hacer presente a Cristo en su Iglesia es mantenernos unidos actuando «en su nombre», movidos por su Espíritu. La Iglesia no necesita tanto de nuestras confesiones de amor o nuestras críticas cuanto de nuestro compromiso real. No son pocas las preguntas que nos podemos hacer.

¿Qué hago yo por crear un clima de conversión colectiva en el seno de esta Iglesia, siempre necesitada de renovación y transformación? ¿Cómo sería la Iglesia si todos vivieran la adhesión a Cristo más o menos como la vivo yo? ¿Sería más o menos fiel a Jesús?

¿Qué aporto yo de espíritu, verdad y autenticidad a esta Iglesia tan necesitada de radicalidad evangélica para ofrecer un testimonio creíble de Jesús en medio de una sociedad indiferente y descreída?

¿Cómo contribuyo con mi vida a edificar una Iglesia más cercana a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que sepa no solo enseñar, predicar y exhortar, sino, sobre todo, acoger, escuchar y acompañar a quienes viven perdidos, sin conocer el amor ni la amistad?

¿Qué aporto yo para construir una Iglesia samaritana, de corazón grande y compasivo, capaz de olvidarse de sus propios intereses, para vivir volcada sobre los grandes problemas de la humanidad?

¿Qué hago yo para que la Iglesia se libere de miedos y servidumbres que la paralizan y atan al pasado, y se deje penetrar y vivificar por la frescura y la creatividad que nace del evangelio de Jesús?

¿Qué aporto yo en estos momentos para que la Iglesia aprenda a «vivir en minoría», sin grandes pretensiones sociales, sino de manera humilde, como «levadura» oculta, «sal» transformadora, pequeña «semilla» dispuesta a morir para dar vida?

¿Qué hago yo por una Iglesia más alegre y esperanzada, más libre y comprensiva, más transparente y fraterna, más creyente y creíble, más de Dios y menos del mundo, más de Jesús y menos de nuestros intereses y ambiciones? La Iglesia cambia cuando cambiamos nosotros, se convierte cuando nosotros nos convertimos.

José Antonio Pagola