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2017-11-11

[Cosme] Aord32, la verdadera sabiduría

LA VERDADERA SABIDURÍA Escuchar las enseñanzas de Jesús Practicar las obras del Reino

COSME CARLOS RÍOS·SÁBADO, 11 DE NOVIEMBRE DE 2017

Sab 6,12-16: Encuentran la sabiduría quiénes la buscan
Salmo 62: Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío
1Tes 4,13-17: A los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él
Mt 25, 1-13: Las vírgenes prudentes


Pocos cristianos tienen conciencia de que somos seguidores de Jesús al servicio de los demás y los que tienen conciencia de servir a los demás, prestan este servicio más con el discurso, las palabras, que con las obras

La primera lectura de hoy, que tomamos del Libro de la Sabiduría, es un himno que canta las maravillas de la Sabiduría. Ésta sale al encuentro de quienes la buscan, de quienes la aman, y ella misma se muestra.

La única condición para que este encuentro se llegue a dar, es, estar abierto a la sabiduría, buscarla como se busca a Dios: o sea que para ser sabios hay que buscar, saborear y hacer vida el proyecto de Dios

Para entender mejor el Evangelio de hoy, conviene tomar en cuenta que en los tiempos de Jesús, se celebraba la boda después de que la pareja llevara un año de noviazgo oficial.

La ceremonia se desarrollaba más o menos así: el novio, con sus amigos, con canto y con música de instrumentos, se dirigía a la casa de la novia, donde era recibido por las amigas de ésta, que llevaban lámparas encendidas.

Después de recoger a la novia, se dirigían juntos, entre cánticos y danzas, al lugar en el que se celebraba el banquete nupcial, con el que se iniciaba la fiesta de bodas, que podía durar varios días.

Muchas veces en la Biblia, la boda, el banquete o la fiesta de bodas se usa para referirse a quienes, viven junto a Dios. Es un modo de describir la cercanía de Dios como una situación en la que reinan el amor y la alegría.

En la parábola que comentamos hoy, la llegada del novio representa el momento del encuentro definitivo de los creyentes con el Padre, momento de alegría y de amor profundo.

En la parábola del evangelio, entre las muchachas que esperaban al novio, se presentan dos tipos: uno lo constituyen las muchachas necias, el otro las sensatas.

En el evangelio de Mateo se considera sabia o sensata aquella persona que escucha el mensaje de Jesús y lo pone por obra; necia, la que conoce el mensaje de Jesús, pero no lo practica. (La casa construída sobre roca)

La parábola nos enseña que el final de cada persona depende del camino que se escoja, que de alguna manera, la muerte es consecuencia de la vida –prudente o necia- que se ha llevado.

Muchachas necias son las que han escuchado el mensaje de Jesús pero no lo han llevado a la práctica. Muchachas sabias o prudentes son las que lo han traducido en su vida, por eso entran al banquete del Reino. El aceite que las necias habían olvidado, no es sino la práctica del mensaje de Jesús.

Como a las chicas de la parábola, a los creyentes nos toca la comisión de alumbrado. El evangelio de Lucas y Concilio Vaticano II nos presentan a Jesús como luz de las naciones.

En la ceremonia de nuestro bautismo se entregó a nuestros papás y padrinos una vela en señal de que también nosotros hemos de ser luz de Cristo para iluminar a nuestro mundo con nuestra palabra y sobre todo con nuestro servicio misericordioso.

Para cumplir nuestra comisión de ser, con Jesús, luz para el mundo, nuestras lámparas tienen que estar cargadas de aceite del conocimiento y amor de Dios y de la práctica del amor misericordioso hacia los hermanos.

Ser sabios hoy, implica para nosotros una doble actitud: Hacer oración, leer el Evangelio para sintonizar con Jesús y el Padre, y la práctica de las obras del Reino, en particular la misericordia para con los más débiles

La oración y meditación de la Palabra, alimentan nuestras lámparas para que estemos en condiciones de servir al mundo iluminándolos con nuestra práctica de la misericordia.


Cosme Carlos Ríos
Noviembre 11 del 2017

2008-06-10

LA FE Y LAS OBRAS

Ciclo A, 9° Dom.Ord., 1° de Junio de 2008


“Sino el que cumpla la voluntad de mi Padre”(Mt 7, 21)

Jesús continúa su predicación en el Monte. Ya pronunció las bienaventuranzas, ya habló sobre el amor a los enemigos (Mt 5), sobre la oración y el ayuno (Mt 6). Ahora insiste en las obras: “No todo el que diga 'Señor, Señor', entrará en el Reino de los cielos…”

Sus discípulos y la muchedumbre en general está sorprendida por las palabras de Jesús, por su estilo de vida y sus palabras, pero Jesús no quiere que se queden en el puro sentimiento, con una fe sólo expresiva (¡qué bonito!) y no pasen a la puesta en práctica de su fe. Jesús critica una fe que se reduce al ámbito de lo puramente religioso y hasta espectacular: “¿no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?”, pero separado de las tareas y responsabilidades de la vida cotidiana. Jesús rechaza con energía esas acciones que se quedan en lo superficial o en lo “milagroso” que, sin más, no corresponden a la voluntad de Dios.

La voluntad de Dios tiene que ver con la práctica del amor y la justicia. Mateo pone a los necesitados, a los más vulnerables como el criterio fundamental para definir la entrada al Reino (Mt 25, 31-46). Una fe que no va de la mano de la justicia, y que no se traduce en obras, es como una casa edificada sobre arena, expuesta a la lluvia y demás inclemencias que de un momento a otro se vendrá abajo.

En el Documento de Aparecida, nuestros Obispos nos invitan a que vivamos nuestra fe en la realidad social concreta (N° 167), para que iluminemos todos los ámbitos de la vida social (N° 501). De hecho, toda auténtica misión se orienta hacia la vida eterna pero también por las necesidades concretas (N° 176; 27 y 367). Practicar la justicia es señal del Reino (N° 383).


David, Pbro.