2008-08-19

PROCLAMACIÓN DE FE

Ciclo A, 21° Dom.Ord., 24 de Agosto de 2008


Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo
(Mateo 16, 16)

En la mitad del camino a Jerusalén, dentro del proceso de formación de los discípulos, Jesús les interroga sobre su percepción que tienen sobre él. La muchedumbre veía en Jesús un profeta; los apóstoles en la voz de Pedro lo ven como el Mesías. Buena percepción en ambos, pero en ambos casos lo ven como alguien poderoso. La cruz les hará entender que más bien se trata de un Mesías Siervo y Sufriente.

Siempre existe la gran tentación del poder tanto en el ámbito eclesial como en lo social. En la Iglesia se manifiesta en la poca participación de los laicos en la Misa y en los proyectos pastorales. Se manifiesta también cuando los pastores se olvidan de los alejados y marginados y se concentran en los bienes y en una vida cómoda. En la sociedad se evidencia también en la poca participación en los asuntos de la ciudad y en un crecimiento económico injusto que sólo favorece a algunas personas o familias. El afán del poder nos hace tomar ventaja, hacer alianzas, monopolizar, someter, destruir, marginar, engañar, perpetuarnos, no dar oportunidad a otros.

El Señor Jesús nos enseña que si queremos ser grandes seamos servidores de los demás, no dominadores ni sometedores (Mt 20, 25-28). Nos invita a ser sencillos como los niños (Mt 18, 3-4). Si queremos seguir a Jesús entonces es necesario renunciar a sí mismos y cargar su cruz (Mt 16, 24). El documento de Aparecida dice que a los discípulos y misioneros Jesús nos llama a seguirlo y correr su misma suerte (#131); a practicar las bienaventuranzas (139), a compartir nuestros bienes y vivir una vida pobre, para servir luego al pobre (540).

Jesús es el Mesías al servicio de los demás. Es el Profeta del amor, de la justicia y de la paz. La autoridad es para servir; no para enriquecernos con el poder. Aparecida nos invita a servir a los rostros sufrientes con la esperanza de su realización (31) desde un estilo de vida austero y solidario (100-h y 540). La Iglesia debe ser servidora de la Palabra y de los más pobres y sufrientes (516). Su misión es ser abogada de la justicia y de los pobres (533).

Agustín, Pbro.

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