2017-06-14

[Fe Adulta] Fiesta de Corpus Christi - Ataque a nuestra web


Ataque a nuestra web
amigos de feadulta 14 de junio de 2017, 13:37


Amigas y amigos:

Os informo que hemos sufrido un ataque informático que está provocando accesos muy lentos a la web. Estamos buscando una solución técnica lo antes posible y os ruego paciencia si la web no funciona bien.

La web ya tiene el material para preparar las Eucaristías del domingo, pero como veis, no hemos querido mandar la carta con los enlaces. Al menos de momento. No sería prudente que, con la página tan precaria que tenemos, llegara un aluvión de visitas esta tarde.

Un poco más abajo, en esta misma carta, tenéis los cuatro comentarios a los evangelios de esta semana y el editorial. Y también la clase de la Escuela y el material multimedia que llevan enlaces a YouTube, y funcionan bien. Y un artículo seleccionado por su estrecha relación con el tema de la semana. No podemos ponerlos todos, porque esta carta quedaría larguísima.

Os pediría que sólo se meta en la web quien tenga verdadera urgencia por acceder a los contenidos. Y un consejo práctico mientras no consigamos arreglarlo: hay que dar las órdenes de una en una, y esperar unos 30 segundos a que la web nos muestre el contenido. Si en un minuto no ha contestado, habría que volver a realizar la petición de acceso al artículo en cuestión. Si hay muchas peticiones a la vez, es posible que salga algún mensaje de error. En ese caso es mejor acceder unos minutos más tarde.

Hemos tenido que recurrir a unos programadores externos que limpiarán la web y la protegerán de futuros ataques, pero necesitan cerca de una semana de trabajo.

Por último, esperamos encontrar una solución provisional aunque sea solo para esta semana. De momento podéis leer el contenido que hemos copiado en la carta.

Gracias por vuestra comprensión,
Un abrazo,
Inma Calvo.

El maná y el pan de vida
Fiesta del Corpus Christi. Ciclo A – José Luis Sicre

Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino.
Sin embargo, las lecturas del ciclo A conceden más importancia al tema de la vida, con el que es fácil sintonizar en un mundo de guerras y atentados como el que vivimos. El evangelio de hoy comienza y termina con las mismas palabras: «el que coma de este pan vivirá para siempre». Y en medio: «el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día».
Sobrevivir y vivir eternamente

El 1 de junio de 2009, el vuelo 447 de Air France entre Rio de Janeiro y París desapareció en mitad de la noche con 216 pasajeros y 12 tripulantes. Se salvó un matrimonio, no recuerdo si porque llegó tarde al embarque o por un cambio de última hora. Pero ese matrimonio se hizo famoso porque murió en un accidente de automóvil pocos días después. La supervivencia a un accidente, a un ataque terrorista, a una calamidad, no garantiza vivir eternamente.
Mucha gente acepta la muerte con resignación o fatalismo. Otros se rebelan contra ella, como Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, no me da la gana de morirme». El cuarto evangelio también se rebela contra la muerte. Comienza afirmando que en la Palabra de Dios «había vida». Y ha venido al mundo para que nosotros participemos de esa vida eterna.
Para expresar el contraste entre "supervivencia" y "vida eterna" las lecturas de hoy contrastan el maná con el alimento que nos ofrece Jesús. El Deuteronomio (1ª lectura) habla del maná como de un alimento sorprendente, novedoso, «que no conocías tú ni conocieron tus padres». Pero no se detiene, como hace el libro del Éxodo, en sus cualidades sorprendentes y su carácter milagroso. Es un alimento de pura supervivencia, que no garantiza la inmortalidad. En el evangelio, las palabras de Jesús subrayan este aspecto: el pan que comieron vuestros padres no los libró de la muerte. En cambio, el alimento que da Jesús, su cuerpo y su sangre, sí garantiza la vida eterna: «yo lo resucitaré en el último día». Estas palabras, tomadas del largo discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, anticipan la resurrección de Lázaro y el destino de todos nosotros.
Inmortalidad y vida eterna

Sin embargo, el alimento que ofrece Jesús no se limita a garantizar la inmortalidad. Tiene también valor para el presente. «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él». Este es el sentido que tiene a veces el término «vida eterna» en el cuarto evangelio. No es vida de ultratumba, sino vida aquí y ahora, en una dimensión distinta, gracias al contacto íntimo, misterioso, con Jesús.
Unión con Jesús y unión con los hermanos

La idea de que, al comulgar, Jesús habita en nosotros y nosotros en él, corre el peligro de interpretarse de forma muy individualista. La lectura de Pablo a los corintios ayuda a evitar ese error. La comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo no es algo que nos aísla. Al contrario, es precisamente lo que nos une, «porque comemos todos del mismo pan».  


CORPUS (A) – Fray Marcos
(Dt 8,2-3.14-16) para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino de...
(1 cor 10,16-17) El pan que partimos, ¿no nos une en el cuerpo de Cristo?
(Jn 6,51-59) El que come de este pan vivirá para siempre.

Ágape, sacramento de unidad, signo de amor. Reducirlo a la comunión o a la adoración del pan consagrado es devaluarlo absolutamente.
La eucaristía es una realidad muy profunda y compleja, que forma parte de la más antigua tradición. Tal vez sea la realidad cristiana más compleja y difícil de comprender y de explicar. Podíamos considerarla como acción de gracias (eucaristía), Sacrificio, Presencia, Recuerdo (anamnesis), alimento, fiesta, unidad. Tiene tantos aspectos que es imposible abarcarlos todos en una homilía. Podemos quedarnos en la superficialidad del rito y perder así su verdadera riqueza. Lo que vamos a hacer es intentar superar muchas visiones raquíticas o erróneas sobre este sacramento.

1º.- La eucaristía no es magia. Claro que ningún cristiano aceptaría que al celebrar una eucaristía estamos haciendo magia. Pero si leemos la definición de magia de cualquier diccionario, descubriremos que le viene como anillo al dedo a lo que la inmensa mayoría de los cristianos pensamos de la eucaristía: Una persona revestida con ropajes especiales e investida de poderes divinos, realizando unos gestos y pronunciando unas palabras "mágicas", obliga a Dios a producir un cambio sustancial en una realidad material. Cuando se piensa que en la consagración se produce un milagro, estamos hablando de magia.
2º.- No debemos confundir la eucaristía con la comunión. La comunión es solo la última parte del rito y tiene que estar siempre referida a la celebración de una eucaristía. Tanto la eucaristía sin comunión, como la comunión sin referencia a la eucaristía dejan al sacramento incompleto. Ir a misa y dejar de comulgar, es sencillamente un absurdo. Ir a misa con el único fin de comulgar, sin ninguna referencia a lo que significa el sacramento, es un autoengaño. Esta distinción entre eucaristía y comunión explica la diferencia de lenguaje entre los sinópticos y Jn en el discurso del pan de vida. Jn hace referencia al alimento, pero alimentarse lo identifica con, "el que cree en mí, el que viene a mí".
3º.- En las palabras de la consagración, "cuerpo" no significa cuerpo; "sangre" no significa sangre. No se trata del sacramento de la carne y de la sangre físicas de Cristo. En la antropología judía, el hombre es una unidad indivisible, pero podemos descubrir en él cuatro aspectos: Hombre-carne, hombre-cuerpo, hombre-alma, hombre-espíritu. Hombre-cuerpo era el ser humano en cuanto sujeto de relaciones. Al decir: esto es mi cuerpo, está diciendo: esto soy yo, esto es mi persona. Para los judíos la sangre era la vida. No era solo símbolo de la vida. Era la vida misma. Cuando Jesús dice: "esto es mi sangre, que se derrama", está diciendo que toda su vida está entregada a los demás.
4º.- La eucaristía no la celebra el sacerdote, sino la comunidad. El cura puede decir misa. Solo la comunidad puede hacer presente el don de sí mismo que Jesús significó en la última cena y que es lo que significa el sacramento. Es el sacramento del amor. No puede haber signo de amor en ausencia del otro. Por eso dice Mt: "donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". El clericalismo que otorga a los sacerdotes un poder divino para hacer un milagro, no tiene ningún apoyo en la Escritura.
5º.- La comunión no es un premio para los buenos "que están en gracia", sino un remedio para los desgraciados que necesitamos descubrir el amor gratuito de Dios. Solo si me siento pecador estoy necesitado de celebrar el sacramento. Cuando más necesitamos el signo del amor de Dios es cuando nos sentimos separados de Él. Hemos llegado al absurdo de dejar de comulgar cuando más lo necesitábamos.
6º.- La realidad significada en el pan y el vino no es Jesús en sí mismo, sino Jesús como don. El don de sí mismo que ha manifestado durante toda su vida y que le ha llevado a su plenitud, identificándole con el Padre. Ese es el significado que yo tengo que descubrir. La eucaristía no es un producto más de consumo que me proporciona seguridades. Podemos oír misa sin que nos obligue a nada, pero no podemos celebrar la eucaristía impunemente. No se puede salir de misa como si no hubiera pasado nada. Si la celebración no cambia mi vida en nada, es que la he reducido a simple rito folclórico.
7º.- Haced esto, no se refiere a que perpetuemos un acto de culto. Jesús no dio importancia al culto. Jesús quiso decir que recordáramos el significado de lo que acaba de hacer. Esto soy yo que me parto y me reparto, que me dejo comer. Haced también vosotros esto. Entregad la propia vida a los demás como he hecho yo.
8ª.- Los signos de la eucaristía no son el pan y el vino, sino el pan partido y el vino derramado. Durante siglos, se llamó a la eucaristía "la fracción del pan". No se trata del pan como cosa, sino del gesto de partir y comer. Al partirse y dejarse comer, Jesús está haciendo presente a Dios, porque Dios es don infinito, entrega total a todos y siempre. Esto tenéis que ser vosotros. Si queréis ser cristianos tenéis que partiros, repartiros, dejaros comer, triturar, asimilar, desapare­cer en beneficio de los demás. Una comunión sin este compromi­so es una farsa, un garabato, como todo signo que no signifique nada.

Todavía es más tajante el signo del vino. Cuando Jesús dice: esto es mi sangre, está diciendo esta es mi vida que se está derramando, consumiendo, en beneficio de todos. Eso que los judíos tenían por la cosa más horrorosa, apropiarse de la vida (la sangre) de otro, eso es lo que pretende Jesús. Tenéis que hacer vuestra, mi propia vida. Nuestra vida solo será cristiana si se derrama, si se consume, en beneficio de los demás.
Celebrar la Eucaristía es comprometerse a ser para los demás. Todas las estructu­ras que están basadas en el interés personal o de grupo, no son cristianas. Una celebración de la Eucaristía compatible con nuestros egoísmos, con nuestro desprecio por los demás, con nuestros odios y rivalidades, con nuestros complejos de superioridad, sean personales o grupales, no tiene nada que ver con lo que Jesús quiso expresar en la última cena.
La eucaristía es un sacramento. Y los sacramentos ni son milagros ni son magia. Se produce un sacramento cuando el signo (algo que entra por los sentidos) nos conecta con una realidad trascendente que no podemos ver ni oír ni tocar. Esa realidad significada, es lo que nos debe interesar. La hacemos presente por medio del signo. No se puede hacer presente de otra manera. Las realidades trascendentes, ni se crean ni se destruyen; ni se traen ni se llevan; ni se ponen ni se quitan. Están siempre ahí. Son inmutables y eternas.
El ser humano no tiene que liberar o salvar su "ego", a partir de ejercicios de piedad sino liberarse del "ego", que es precisamente lo contrario. Solo cuando hayamos descubierto nuestro verdadero ser, descubriremos la falsedad de nuestro yo individual y egoísta que se cree independiente. Estamos hablando del sacramento del amor, del sacramento de la unidad. Si la celebración de la eucaristía no nos lleva a esa unidad, significa que es falsa.

Meditación

No se trata solo de comer, sino de asimilar lo comido.
Si como sin asimilar, se producirá indigestión.
Si comulgo y no me identifico con lo que fue Jesús, me engaño.
Si no llego a lo significado, no hay sacramento que valga.
Realizado el signo, que entra por los sentidos,
queda por hacer lo importante: descubrir y vivir lo significado.
La verdadera comunión no está en el signo
sino en vivir la unidad con Dios y con los demás, como hizo él.


ESTANCADOS – J. A. Pagola
El papa Francisco está repitiendo que los miedos, las dudas, la falta de audacia... pueden impedir de raíz impulsar la renovación que necesita hoy la Iglesia. En su Exhortación La alegría del Evangelio llega a decir que, si quedamos paralizados por el miedo, una vez más podemos quedarnos simplemente en «espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia».
Sus palabras hacen pensar. ¿Qué podemos percibir entre nosotros? ¿Nos estamos movilizando para reavivar la fe de nuestras comunidades cristianas o seguimos instalados en ese «estancamiento infecundo» del que habla Francisco? ¿Dónde podemos encontrar fuerzas para reaccionar?
Una de las grandes aportaciones del Concilio Vaticano II fue impulsar el paso desde la «misa», entendida como una obligación individual para cumplir un precepto sagrado, a la «eucaristía» vivida como celebración gozosa de toda la comunidad para alimentar su fe, crecer en fraternidad y reavivar su esperanza en Jesucristo resucitado.
Sin duda, a lo largo de estos años hemos dado pasos muy importantes. Quedan muy lejos aquellas misas celebradas en latín en las que el sacerdote «decía» la misa y el pueblo cristiano venía a «oír» la misa o a «asistir» a la celebración. Pero, ¿no estamos celebrando la eucaristía de manera rutinaria y aburrida?
Hay un hecho innegable. La gente se está alejando de manera imparable de la práctica dominical, porque no encuentra en nuestras celebraciones el clima, la palabra clara, el rito expresivo, la acogida estimulante que necesita para alimentar su fe débil y vacilante.
Sin duda, todos, presbíteros y laicos, nos hemos de preguntar qué estamos haciendo para que la eucaristía sea, como quiere el Concilio, «centro y cumbre de toda la vida cristiana». ¿Cómo permanece tan callada e inmóvil la jerarquía? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación y nuestro dolor con más fuerza?

El problema es grave. ¿Hemos de seguir «estancados» en un modo de celebración eucarística tan poco atractivo para los hombres y mujeres de hoy? ¿Es esta liturgia que venimos repitiendo desde hace siglos la que mejor puede ayudarnos a actualizar aquella cena memorable de Jesús donde se concentra de modo admirable el núcleo de nuestra fe?

El que coma de este pan, vivirá para siempre…
Dolores Aleixandre

Recuerdo una devota costumbre que me inculcaron de niña que se llamaba "hacer una comunión espiritual": consistía en mandar el corazón al sagrario (se recomendaba mucho hacerlo en los viajes al ver un campanario) y desear recibir a Jesús espiritual­mente ya que no podía hacerse sacramen­talmente. A la hora de escuchar la expresión evangélica "comer de este pan", se me ocurre un ejercicio parecido que nos permita sondear la verdad de nuestras "disposiciones eucarísticas": consistiría en abrir el Evangelio por donde nos salga y cuando leamos, por ej.: "El que quiera ser el mayor entre vosotros que sea vuestro servidor" (Mt 23,12); "No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete" (Mt 18,22); "Me dan compasión estas gen­tes, dadles vosotros de comer"(Mc 6,34.37 ); "No atesoréis tesoros en la tierra"(Mt 6,19); "Las prostitutas os precederán"(Mt 21,31) "Prestad sin esperar nada a cam­bio"(Lc 6,35)..., hacer el gesto interior de "tragarnos" eso, de comulgar con ello, de desear, al menos, irnos poniendo de acuerdo con Jesús, creciendo en afinidad con él, pidiendo al Padre, con la pobreza de quien se siente incapaz desde sus fuerzas, que nos haga ir teniendo "parte con él" (cf.Jn 13,8), con las consecuencias de que sea el "Primogé­nito de una multitud de hermanos..."

Esto de "tragar" es un verbo un poco áspero pero tiene la ventaja de ser familiar en nuestro vocabulario: "no trago a tal persona", "ese disgusto aún no me lo he tragado...", "todavía lo tengo aquí "(y señalamos la garganta). Nos es fácil sacar la lengua o poner la mano para comulgar y tragarnos el Pan y luego volver a nuestro sitio con recogimiento y dar gracias lo mejor que podemos.

Pero, de vez en cuando, tendríamos que cambiar la expresión "comulgar" por la de "tragarnos a Jesús" para caer un poco más en la cuenta de lo que significaría "tragarnos" su mentalidad (es el "cambiad de mentalidad" de Mc 1,15, o el "tened los mismos sentimientos que Cristo Jesús de Fil 2,5), sus preferen­cias, sus opciones, su estilo de vida, su extraña manera de vivir, de pensar y de actuar.

Porque la forma de comer de la que habla el evangelio de hoy expresa una forma de vivir. Hacemos memoria de Jesús para seguir haciendo lo que él hizo: "partirse la vida", "vaciarse hasta la muerte", según la expresión del cuarto canto del Siervo (Is 53,12). De esa memoria nace nuestra fraternidad y sólo se "reconoce a Jesús al partir el Pan" cuando el estilo de vida que él expresó en su entrega se hace presen­te, aunque sea germinalmente, en los que pretendemos seguirle.

Vicente Martínez: Corpus Christi
Fue tu voluntad hacerme infinito. Este frágil vaso mío tú lo derramas una y otra vez, y lo vuelves a llenar con nueva vida (Tagore)
18 de junio. Festividad del Corpus Christi
Jn 6, 51-58
Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él (6, 56)

En el Zoroastrismo se cuenta un relato similar al que se narra en el evangelio de Juan. Dice así: "El Maestro invita a sus discípulos a una cena, en la que se bendice el pan y el vino y se los da a comer y beber para que participen en ella y sean con él uno". San Pablo insiste en 1 Corintios 10, 16-17 que el pan es uno y que nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo: "Uno es el pan y uno es el cuerpo que todos formamos, pues todos compartimos el único pan". Juan subraya en 11, 3, el amor de Jesús a cada uno de los miembros de la comunidad cristiana. La primera de ellas, presidida por el propio Jesús, el Colegio Apostólico.

Los Hechos de los Apóstoles y algunas de las Cartas de San Pablo, hacen referencia a las comunidades del cristianismo primitivo: Jerusalén, Antioquía, Tesalónica…etc. Los discípulos del desaparecido Maestro sintieron la necesidad de unirse para apoyarse y defender su fe frente a quienes les perseguían. En Hch 2, 42-47 se describe su modo de vivir: la vida comunitaria era uno de los aspectos más destacados.

Jesús es parte de la Comunidad, y sin él el Cristianismo carecería de sentido. De ahí la eucaristía, el ágape, la concelebración. No olvidemos que los términos "comunidad", "comunión", -"común-unión"- encierran el significado profundo de "pertenencia a todos". Los primeros cristianos se llamaban hermanos y, como tales, compartían bienes materiales y espirituales. Un sentido que también se ha dado en otros grupos: los shangas (monjes) en el budismo, las tariqas del sufismo.
Tertuliano, Padre de la Iglesia nacido en Cartago en la segunda mitad del silgo segundo, se refería al culto de Mitra cuando mencionaba el rito de la oblación del pan como ofrenda muy difundida en los tiempos antiguos: "Si se la considera aquí característica del culto de Mitra y testimonio del más estrecho parecido con el cristianismo, es porque esta oblación afecta la misma forma en el culto de Mitra y en la Iglesia. Y no es una simple oblación, sino que constituye la cena mitríaca, en condiciones sumamente parecidas a la fe de la cena cristiana". ¿Ocurrió o no ocurrió? ¿Pasó fuera o adentro? Es antiguo el castillo, y también es antigua la leyenda, pero lo importante es, como propone el Bardo, "oirla en silencio".

Los textos de Ugarit, ya citados en mi artículo del pasado Domingo de Ramos, El templo vacío, nos muestran la influencia que tuvieron en la Biblia. Un ejemplo lo encontramos en Proverbios 9, 5, cuyo texto es similar a uno ugarítico que dice: "Venid a comer de mis manjares y a beber del vino que he mezclado. También aquí el parecido con el relato de Juan en 6, 56 –"Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él"- parece evidente, como lo es este otro literal de las tablillas: "Aprestándose escanció y le dio de beber. Puso una copa en su mano, un cáliz en sus dos manos, el copón de un héroe celeste, una copa sagrada".
Con relatos como éstos –zoroástrico, mítrico, evangélico, eclesial- de indiscutible origen común, sean ciertos o no, lo importante es lo que nos quieren transmitir. En la ópera El castillo del conde Barbazul, del compositor rumano Bela Bartók (1881-1945), el Bardo canta en el Prólogo los siguientes versos: "Oh, historia antigua, / cómo, cómo la esconderé... / La historia es antigua, / pero ¿ocurrió?, ¿no ocurrió? / ¿Pasó fuera, dentro? / ¿cuál será su significado?"
Rabindranath Tagore cantó en Gitanjali. Poemas en prosa: "Fue tu voluntad hacerme infinito. Este frágil vaso mío tú lo derramas una y otra vez, y lo vuelves a llenar con nueva vida"

UNIDAD
La Unidad es como el cielo azul.
Todo surge, se desarrolla y desaparece
en su amor de ilimitada compasión.
Todo es un aspecto de la Unidad.
Y nuestra búsqueda para descubrirlo
procede de la Unidad"
                            Abhivagupta (Jeff Foster La vida sin centro)
Tema de la semana: ¿Palabra de Dios?
Además de meditar sobre el sacramento de la Eucaristía, con ocasión de la fiesta del Corpus, esta semana os invitamos a reflexionar sobre la Revelación. El artículo de Gonzalo Haya nos hace ver la incoherencia de considerar como Palabra de Dios tantos textos de la Biblia o del Magisterio que son incompatibles con la ética actual más elemental.
Y para profundizar aún más, contamos con una nueva clase magistral de Andrés Torres Queiruga: La Revelación.

La Biblia no es "Palabra de Dios"

Gonzalo Haya
La Biblia no es Palabra de Dios; los evangelios no son Palabra de Dios, las Encíclicas de Juan Pablo II o de Francisco no son Palabra de Dios; el Credo no es Palabra de Dios.

Dios inspira su espíritu en la conciencia del cristiano, del judío, del musulmán, del budista, y del ateo; otra cosa es que le escuchemos, o no. Como dijo Pedro:
"Realmente, voy comprendiendo que Dios no discrimina a nadie, sino que acepta al que lo respeta y obra rectamente, sea de la nación que sea" (Hechos 10,34-35).

Interpretar el mensaje de Dios
La dificultad está al traducir el mensaje de Dios en conceptos y en comportamientos humanos. Jesús había anunciado que les transmitiría su espíritu a los discípulos; ¿cuándo y cómo lo cumplió? Para expresar la importancia de tal acontecimiento, Lucas compone la escenografía de Pentecostés, con estruendo, lenguas de fuego y glosolalia. Juan, que escribe después de Lucas, lo expresa en forma menos aparatosa pero más íntima, con una aparición y un soplo semejante al de la creación del primer hombre. Los discípulos no entenderían muy bien lo que les enseñaba el espíritu porque tuvieron que discutir mucho para ponerse de acuerdo sobre continuar con la circuncisión o prescindir de ella.
El espíritu de Dios estaba, y está, en todos los humanos desde nuestro nacimiento; lo que nos falta es dejar que esta presencia se vaya manifestando en las personas y en la sociedad.
Traducir con nuestras palabras ese manifestarse de Dios no es como traducir del arameo o del griego al castellano; que ya es difícil: "traduttore traditore". Sería algo así como traducir la música en el lenguaje jurídico. Rûmî y San Juan de la Cruz tradujeron la inspiración de Dios al lenguaje de la poesía; más decepcionante fue traducir esa inspiración a conceptos, como vemos al comparar la poesía de "El Cántico espiritual" con la explicación del mismo san Juan de la Cruz.
Nuestro cerebro está hecho para explicar el mundo en que vivimos y no podemos renunciar a esta tarea porque necesitamos un "Manual de instrucciones" que nos ayude a entender el mundo y la sociedad para manejarnos en ellos, tanto en la manipulación física, como en las relaciones sociales, o en la contemplación de la belleza.
La consideración de los libros sagrados como palabra de Dios ha sido útil para organizar la convivencia social y política de los pueblos, y para dar consistencia a sus gobiernos pero, en el desarrollo histórico, la mayor parte de esta misión ha ido pasando a la sociedad civil, que se ha fortalecido y ha tomado conciencia de esa misión, en su legislación, protección social, educación, y demás aspectos de nuestra convivencia.
Por otra parte, el auge de la cultura científica, y últimamente de la hermenéutica, nos obliga no sólo a matizar sino a reformular la creencia sobre el origen de esos libros sagrados. Algunos relatos bíblicos se contradicen con actuales descubrimientos arqueológicos y, lo que resulta más grave, se contradicen entre sí o se contradicen con la más elemental ética actual.
En una conferencia comencé leyendo este texto del Primer Libro de Samuel
 Así dice el Señor de los ejércitos: Yo castigaré lo que hizo Amalec a Israel al oponérsele en el camino cuando subía de Egipto. Ve, pues, hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos (1Sam 15,3).
¿Alguien se atreve a decir que esto es palabra de Dios? La orden de matar a los niños de pecho no es palabra de Dios; atribuirla hoy a Dios sería una blasfemia. Aniquilar a los enemigos actuales y futuros fue una táctica de un exaltado nacionalismo en una época muy atrasada en la evolución de la conciencia.

En el mismo sentido es conocida la carta que un oyente envió a la locutora Laura Schlessinger, que había reprobado la homosexualidad basándose en un texto del Levítico 18,22. En esta carta el oyente le pide la interpretación de diez textos del Antiguo Testamento, desde uno que le permite vender a su hija como esclava (Éxodo 21,7) hasta otro que le impide acercarse al altar si tiene un defecto en la vista (Levítico 21,18-20).

Importancia de los libros sagrados
El teólogo dominico Edward Schillebeeckx decía que "la Biblia es palabra humana sobre Dios". La liturgia termina la lectura del evangelio reconociéndolo como "Palabra de Dios"; creo que debería cambiar esta expresión, porque esta afirmación, repetida y una otra vez en un ambiente sagrado, tiene una enorme eficacia de convicción subliminal. Y esta convicción mantiene a los participantes alejados, o enfrentados, a una cultura y a una fe adulta.
La Biblia no es palabra de Dios. La Biblia, como otros libros -sagrados, filosóficos, poéticos, o legislativos- nos transmite palabras humanas surgidas de la experiencia de personas con un avanzado nivel de conciencia que, en un determinado momento, han orientado a sus pueblos hacia mejores relaciones morales, sociales y espirituales. La Biblia, y todos los libros sagrados, son valiosas antologías de destacadas experiencias religiosas y éticas.
Dios, la Realidad inmanente y trascendente, no se manifiesta directamente en los libros sagrados; se ha manifestado en la conciencia humana, y esta experiencia ha sido traducida a los libros sagrados, inevitablemente mediante los conceptos culturales de su época, y con más o menos acierto. Igualmente la teoría de la relatividad o la teoría cuántica han llegado a los libros por medio de los descubrimientos realizados por los científicos.
¿Qué hacemos, pues, con la Biblia? Por lo pronto sacarla del rincón de la biblioteca -o de la vitrina en la que se mantiene respetuosamente encerrada- y leerla paulatinamente, porque los cristianos tenemos en ella las raíces de nuestra espiritualidad, con momentos éticos y místicos extraordinarios. Necesitaremos sin embargo alguna Introducción o Comentario, que nos ayude a situar su contexto histórico y su progresiva evolución ética y cultural.
El Nuevo Testamento es más breve y algo más comprensible para nuestra cultura. En él encontraremos las diversas tendencias que surgieron sobre la interpretación del mensaje de Jesús; tendencias que fueron poco a poco reajustadas – o suprimidas- para que encajaran en una teología común, para iglesias muy dispersas, con culturas y circunstancias sociopolíticas muy distintas. Una lectura atenta y bien documentada de estos escritos del Nuevo Testamento será el mejor camino para la vuelta a un pluralismo religioso, como exige nuestra conciencia actual.
Los evangelios son lectura imprescindible de todo cristiano para volver a Jesús; el riesgo que corremos es que, al leerlos, proyectamos sobre ellos las explicaciones que venimos oyendo desde nuestra primera comunión. Tenemos que leer el evangelio desde los signos de los tiempos y desde nuestra conciencia.
¿Qué nos dicen los evangelios sobre el papel de la mujer en el movimiento de Jesús? ¿Lo alteró Pablo al decir que el resucitado se apareció primero a Pedro? ¿Lo interpreta bien la teología actual al excluir a la mujer del sacerdocio? ¿Qué papel concedió Jesús al sacerdocio oficial y al culto en el templo? ¿Cómo consideraba Jesús la riqueza, el poder, y los signos de prestigio?
Tenemos que escuchar la palabra de Dios (mejor, el mensaje de Dios) en nuestra conciencia. Y para descifrar este mensaje será fundamental el ejemplo y las palabras de Jesús, y su resonancia en nuestra comunidad; también las palabras de otros expertos y sabios, antiguos o actuales, y el sentir del pueblo sencillo, de cualquier cultura o religión.

La mejor hermenéutica ya la nos la enseñó Jesús: ¡Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios!

ENLACES MULTIMEDIA

"¡¡¡Trata de encajar en ti mismo, en tu conciencia humana!!!".Atrévete a ver este video, vívelo en este instante de tu vida…..TE CAMBIARÁ.

"Apareciste en mi vida, y ya nada es lo mismo, ya no puedo "ser" sin tu calor". PRESENTACION LENIN VLADIMR CARDENAS

"Confía" CANCIÓN DE ÁLVARO FRAILE. "¿Qué va a ser de mí?"…. ¡¡¡Confía!!!

"Carta al ego" Por Jose Miguel Vale "Conseguí escucharte, sé que estás aquí conmigo tomados de las manos, acompañándome a afrontar mis miedos. Permitiéndome mirar a los demás con compasión, y mirar esta ilusión con belleza".

Equipo Quiero Ver: "Pan que da vida": Estamos hechos con delicadeza, cariño, de forma artesanal y personalizada. Y de esta manera, tal como Jesús se hace pan para nosotros, así hemos de ser nosotros "pan para los demás".

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