2010-03-21

Con Jesús, vivir la misericordia

POR LA RECONCILIACIÓN A LA PAZ
Reflexiones Cuaresmales 2010

5° Domingo de Cuaresma


INTRODUCCIÓN.

En el tema anterior, a la luz de la parábola del Padre misericordioso, estuvimos reflexionando y profundizando en el amor de Dios que espera pacientemente el regreso de los que se han alejado de Él y les da el perdón. También caímos en la cuenta de que Jesús nos ayuda a regresar a la paz del Padre viviendo la reconciliación entre hermanos. Hoy profundizaremos en la dimensión misericordiosa de Jesús que ve por la persona que puede ser rescatada del pecado y no por la ley que condena sin misericordia. La vivencia de la misericordia es necesaria en nuestro mundo si queremos alcanzar la paz.

NUESTRA SITUACIÓN: INJUSTICIA, VIOLENCIA, INSEGURIDAD, IMPUNIDAD, PARCIALIDAD EN LAS LEYES.

En nuestro país vivimos en un ambiente de violencia y de inseguridad cada vez mayor. Ya lo hemos estado reflexionando en los temas anteriores ayudados por la exhortación pastoral de nuestros Obispos, llamado: “Que en Cristo nuestra paz, México tenga vida digna”, que trata sobre la misión de la Iglesia en la construcción de la paz en México. Ellos afirman que la situación en que vivimos se debe a que «algo está mal y no funciona en nuestra convivencia social y que es necesario exigir y adoptar medidas realmente eficientes para revertir dicha situación» (No. 26).

Enseguida señalan una lista grande de situaciones que influyen en el crecimiento de la injusticia y la violencia en el país: la desigualdad y la exclusión social, la pobreza, el desempleo y subempleo, los bajos salarios, la discriminación, la migración forzada y los niveles inhumanos de vida, el fortalecimiento de un modelo de economía de mercado incapaz de resolver todos los problemas sociales, desigualdad en la distribución de la riqueza, la caída en la calidad de vida, la corrupción endémica, la paulatina disolución de las clases medias y la concentración de riqueza en pocas manos, los negocios ilícitos, la insuficiencia de las reformas económicas, las insuficientes garantías de seguridad que tienen los ciudadanos y la impunidad en que quedan muchos delitos del crimen organizado, la corrupción, la impunidad y el autoritarismo, la sobrepoblación y la corrupción carcelaria, la violencia institucionalizada, la violencia de grupos por razones políticas; la violencia en las relaciones laborales; la violencia vinculada a actitudes discriminatorias y que es padecida no sólo por cuestiones étnicas, sino también por las personas que sufren maltrato por su orientación sexual; la violencia en las escuelas; la que es padecida por delitos comunes como el robo; la que se da entre generaciones y entre las comunidades; la violencia en el tránsito vehicular, de la que resulta un alarmante número de víctimas, etc.; la violencia intrafamiliar, la violencia contra las mujeres, la violencia infantil, la violencia entre adolescentes y jóvenes, la violencia contra los indígenas y migrantes; la educación para el mercado, los medios de comunicación social que transmiten violencia, la falta de acciones realmente evangelizadoras de parte de la Iglesia.

«La crisis de valores éticos, el predominio del hedonismo, del individualismo y competencia, la pérdida de respeto de los símbolos de autoridad, la desvalorarización de las instituciones -educativas, religiosas, políticas, judiciales y policiales-, los fanatismos, las actitudes discriminatorias y machistas, son factores que contribuyen a la adquisición de actitudes y comportamientos violentos» (No. 83).

¿Cuántos casos conocemos en nuestra comunidad de personas inocentes que han sido encarceladas o condenadas? ¿Cuántos de personas que han hecho o están haciendo daño y andan tranquilamente por la calle?

JESÚS NOS ENSEÑA QUE EL CAMINO PARA LA PAZ ES LA MISERICORDIA.

A Jesús le presentaron una mujer sorprendida en el adulterio (Jn 8, 1-11). La llevan a ella, sabiendo que no estaba sola y que la ley judía condenaba a ambos adúlteros; la pena era la misma para los dos. Pero los escribas y fariseos acusadores utilizan la ley de manera parcial, como sabían hacerlo. A ellos les interesa más aplicar la ley que salvar a las personas. A Jesús, que es el acusado de fondo, le interesa más la persona que la ley y sus sanciones. Termina manifestando la misericordia de Dios para con los pecadores.

Jesús no aprueba el pecado de la mujer, pero tampoco la condena. El pecado siempre es reprobable y no se debería de cometer; la persona sí se puede rescatar del pecado y comenzar una vida nueva. Por eso Jesús le dice: “Yo tampoco te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”. ¡Qué palabras tan llenas de misericordia! ¿Quién no quisiera escucharlas después de reconocer su pecado? Con ellas Jesús nos muestra el camino para conseguir la paz, para vivir la reconciliación, para rehacer las relaciones de hermandad, para estar bien con Dios: es el de la misericordia.

Como dicen nuestros Obispos: «Jesucristo nos revela la mirada inocente de Dios Padre que ve en nosotros la bondad que Él mismo ha puesto en nuestros corazones y su amor tierno y misericordioso que nos acoge a pesar de nuestras fallas y debilidades. Esta experiencia nos hace descubrirnos hijos amados de Dios y nos llama a la conversión, es decir, a orientar la vida por el amor y la misericordia. Esta exigencia forma parte del núcleo mismo del mensaje de Jesús y constituye la esencia del modo de ser y vivir según el evangelio» (No. 143).

¿Qué luces nos da Jesús para vivir la misericordia en nuestra comunidad ante la violencia y la inseguridad?

NUESTRO COMPROMISO: CONSTRUIR LA PAZ EN BASE A LA PROMOCIÓN DEL DESARROLLO.

Nuestros Obispos esperan que los mexicanos trabajemos consciente y comprometidamente en la construcción de un país pacífico y que los bautizados asumamos con responsabilidad la misión evangelizadora de la Iglesia. Esto exige promover el desarrollo integral, el respeto a la dignidad de las personas, la cultura de la convivencia. “La paz es el camino”, decía Gandhi.

«El debilitamiento, en la vida práctica, del sentido de Dios y del sentido del hermano, de la vida comunitaria y del compromiso ciudadano, es un “desafío que cuestiona a fondo la manera como estamos educando en la fe y como estamos alimentando la vivencia cristiana” […] La situación de inseguridad y violencia que vive México exige una respuesta urgente e inaplazable de la misión evangelizadora de la Iglesia. Esta respuesta parte del reconocimiento de las insuficiencias en el cumplimiento de nuestra misión, pues la crisis de inseguridad, el alto índice de corrupción, la apatía de los ciudadanos para construir el bien común y las distintas formas de una violencia, que llega a ser homicida, son diametralmente opuestas a la propuesta de Vida Nueva que nos hace el Señor Jesús» (Nos. 185-186).

La propuesta es trabajar en la formación integral de los bautizados, la formación de las familias, la renovación de la vida comunitaria en las parroquias, la educación específica para la paz y la legalidad; la creación de una sociedad civil responsable, con incidencia social, política, cultural, en la prevención de delitos y la construcción de la paz.

Para construir la paz es necesario promover el desarrollo humano integral, que tenga como centro la dignidad de la persona: desarrollar iniciativas que coadyuven a la atención de la grave situación de desempleo y subempleo, Hacer conciencia de la relación estrecha que existe entre el cuidado de la creación y la construcción de la paz, Impulsar iniciativas que capaciten a los más pobres para empleos de mayor incidencia económica, Impulsar experiencias de economía solidaria, impulsar experiencias de economía para el desarrollo sustentable, promover los derechos y deberes humanos, impulsar la reconciliación social, vivir el ecumenismo por la paz, orar por la paz.

¿Qué vamos a implementar en nuestra comunidad para impulsar la creación de una cultura de paz y desarrollo?

CEPS

2010-03-14

Con Jesús, volver a la paz del padre

POR LA RECONCILIACIÓN A LA PAZ
Reflexiones Cuaresmales 2010
4° Domingo de Cuaresma

INTRODUCCIÓN.

En el tema anterior, el tercero de nuestras reflexiones cuaresmales, estuvimos profundizando en la oportunidad que Dios nos da de convertirnos. A la luz de la parábola de la higuera que no daba frutos, caímos en la cuenta de que Dios espera que demos frutos de paz y reconciliación. Hoy nos acercaremos al centro del mensaje del Evangelio y de toda la historia de la salvación: Dios es Padre misericordioso. Estar con Dios nos lleva a vivir como hermanos; alejarnos de Dios nos conduce a no saber ser hermanos. Estar con Él equivale a vivir bien, a experimentar la paz y la tranquilidad; alejarse de Él equivale a la inseguridad, la intranquilidad, la infelicidad.

NUESTRA SITUACIÓN: LA VIOLENCIA Y LA INJUSTICIA NOS ALEJAN DE DIOS.

Nuestros antepasados indígenas vivían de manera tal que Dios estaba con ellos y ellos con Dios, independientemente del nombre que le dieran. Así lo reconocen nuestros Obispos en su Exhortación pastoral: «Sabemos que la raíz de la cultura mexicana es fecunda y […] reconocemos en ella la obra buena que Dios ha realizado en nuestro pueblo a lo largo de su historia» (No. 8).

Se experimentaba la paz de Dios porque se vivía en la hermandad, en la comunitariedad, en la justicia.

Pero, a lo largo de los siglos, y especialmente en nuestros días, sucede lo siguiente: «En México, al igual que en varios países de América Latina y del Caribe, se está deteriorando, en la vida social, la convivencia armónica y pacífica. Esto sucede por el crecimiento de la violencia, que se manifiesta en robos, asaltos, secuestros, y lo que es más grave, en asesinatos que cada día destruyen más vidas humanas y llenan de dolor a las familias y a la sociedad entera. No se trata de hechos aislados o infrecuentes, sino de una situación que se ha vuelto habitual, estructural, que tiene distintas manifestaciones y en la que participan diversos agentes; se ha convertido en un signo de nuestro tiempo que debemos discernir para ponernos al servicio del Reino, anunciado por Jesús, que vino para que todos tengan vida y la tengan en plenitud» (No. 10).

Así se vive porque se ha perdido del horizonte de muchas personas la necesidad de la relación con Dios.

¿Qué signos de la vida de nuestra comunidad manifiestan que vivimos con Dios? ¿Qué signos expresan que nos hemos ido alejando de Dios?

JESÚS NOS REGRESA A LA PAZ DEL PADRE.

En su camino hacia Jerusalén, camino que no dejó hasta morir en la cruz, Jesús se encuentra con que es criticado por los escribas y fariseos porque convivía con los pecadores (Lc 15, 1-3.11-32). Esto lo hace platicarnos la parábola más bonita del Evangelio, la del Padre misericordioso. Con ella nos da a entender el sentido de su servicio: darnos a conocer al Padre, como Dios que perdona a sus hijos.

En la casa del Padre se vive bien. Se experimenta la paz porque no falta nada: ni pan ni techo ni trabajo; pero principalmente se tiene la experiencia del amor sin límites. Eso le hace ver el papá a su hijo mayor cuando lo invita a perdonar y a acoger a su hermano, que ha regresado a casa: “tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo”. Pero, estar en la casa no asegura la paz; es necesario experimentar el amor al papá y al hermano. Es lo que el hijo mayor no está dispuesto a vivir y por eso no encuentra la paz.

Jesús vino al mundo para regresarnos a la paz de su Padre, paz que se ausenta con el odio, la violencia, la injusticia y las desigualdades. Es por eso que se acerca a los pecadores y se hace amigo de ellos, aunque eso le trae las críticas. Pero lo hace para manifestarles la misericordia del Padre, para ofrecerles el perdón y la vida nueva. Así lo reconocen nuestros Obispos: «En Jesucristo, Dios cumple esta promesa mesiánica de la paz que engloba para nosotros todos los bienes de la salvación. En Él, «imagen de Dios invisible» (Col 1,15), se nos descubre plenamente el misterio de Dios y el misterio del hombre. Él es el nuevo Adán, el hombre inocente, que con una visión transformada por la experiencia del amor de Dios, es capaz de contemplar la bondad de Dios en la realidad creada y descubrir el bien que hay en toda persona. Su mirada no se fija en el pecado de la humanidad; se fija en su sufrimiento necesitado de redención» (No. 131).

¿Qué aprendemos de Jesús a la luz de la parábola que acabamos de reflexionar?

NUESTRO COMPROMISO: VIVIR COMO HIJOS DE DIOS SIENDO HERMANOS.

Jesús nos enseña que con el Padre, que es misericordioso, se vive bien, se experimenta la paz porque nada nos falta. Además nos dice que para construir la paz es necesario ser hermanos, saber perdonar, construir relaciones de igualdad. Dios está siempre esperándonos para perdonarnos y para ayudarnos a vivir como hijos suyos, siendo hermanos con los demás. Nuestros Obispos nos indican a este propósito que la fraternidad es «el horizonte necesario para asegurar la paz» (No. 178).

La razón que nos dan es que «el principio de fraternidad amplía el horizonte del desarrollo a “la inclusión relacional de todas las personas y de todos los pueblos en la única comunidad de la familia humana, que se construye en la solidaridad sobre la base de los valores de la justicia y la paz.” Para los cristianos, la fraternidad nace de una vocación trascendente de Dios que nos quiere asociar a la realidad de la comunión trinitaria: “para que sean uno, como nosotros somos uno” (Jn 17,22)» (No. 182).

Es por eso que nosotros «Los cristianos, en un contexto de inseguridad como el que vivimos en México, tenemos la tarea de ser “constructores de la paz” en los lugares donde vivimos y trabajamos. Esto implica distintas tareas: “vigilar” que las conciencias no cedan a la tentación del egoísmo, de la mentira y de la violencia y ofrecer el servicio de «ser testigos», en la convivencia humana, del respeto al orden establecido por Dios, que es condición para que se establezca, en la tierra, la paz, “suprema aspiración de la humanidad.”» (No. 177) y «ser constructores de paz pide de nosotros además ser promotores del desarrollo humano integral» (No. 178).

Platiquemos: ¿Qué vamos a hacer para construir un ambiente de paz y reconciliación en nuestra comunidad? (tomar un acuerdo concreto).

CEPS

2010-03-07

Con Jesús, dar frutos de paz y reconciliación

POR LA RECONCILIACIÓN A LA PAZ
Reflexiones Cuaresmales 2010
3° Domingo de Cuaresma

INTRODUCCIÓN.

En el segundo tema reflexionamos, a la luz de la experiencia de la Transfiguración de Jesús, sobre nuestra responsabilidad de trabajar para que nuestro mundo, invadido por la desesperación ante la violencia y la inseguridad, se vaya transfigurando en pacífico. Hoy profundizaremos en la oportunidad que Cristo nos da de convertirnos. Él, que es la misericordia del Padre, sigue esperando que demos frutos de conversión. Como buen jardinero, Jesús nos tiene paciencia y sigue trabajando en nuestro corazón para que reconozcamos nuestros pecados, nuestra responsabilidad en la injusticia, desigualdad, violencia, etc., existentes en nuestro país. Quiere que demos frutos de hermandad, que garanticen la paz y la reconciliación.

NUESTRA SITUACIÓN: LA VIDA DE NUESTRO PUEBLO SE VA SECANDO.

En su Exhortación Pastoral sobre la misión de la Iglesia en la construcción de la paz, los Obispos de México reconocen nuestra identidad: «Somos un pueblo de tradiciones con profundas raíces cristianas, amante de la paz, solidario, que sabe encontrar en medio de las situaciones difíciles razones para la esperanza y la alegría y lo expresa en su gusto por la fiesta, por la convivencia y en el gran valor que da a la vida familiar» (No. 8).

Pero también señalan situaciones que se están viviendo en nuestro país, y que van en crecimiento acelerado, lo que propicia que nuestro modo de ser se vaya secando.
¿Cuáles son esas situaciones? Las describen con dolor y las presentan como desafío para la Iglesia: «Nos duele profundamente la sangre que se ha derramado: la de los niños abortados, la de las mujeres asesinadas; la angustia de las víctimas de secuestros, asaltos y extorsiones; las pérdidas de quienes han caído en la confrontación entre las bandas, que han muerto enfrentando el poder criminal de la delincuencia organizada o han sido ejecutados con crueldad y frialdad inhumana. Nos interpela el dolor y la angustia, la incertidumbre y el miedo de tantas personas y lamentamos los excesos, en algunos casos, en la persecución de los delincuentes. Nos preocupa además, que de la indignación y el coraje natural, brote en el corazón de muchos mexicanos la rabia, el odio, el rencor, el deseo de venganza y de justicia por propia mano» (No. 4).

Estas situaciones van secando los valores propios de nuestro pueblo. En lugar de tener una vida frondosa, llena de frutos de justicia y hermandad, México se está yendo poco a poco a la muerte; y no es castigo de Dios, como muchas personas piensan y sostienen. Lo que sucede es consecuencia de la injusticia estructural; pero también tiene su raíz en el corazón de las personas. Se va secando el corazón de muchos bautizados y, más bien, se va llenando de egoísmo, indiferencia, odio, rencor, deseos de venganza, etc. O también sucede que muchos pasamos indiferentes frente a lo que sucede, nos desentendemos.

Hagamos un examen de conciencia acerca de lo que estamos haciendo para propiciar o para evitar estas situaciones. Después de cada pregunta guardamos un momento de silencio para revisarnos: ¿Tengo auténtico amor a mi prójimo, o abuso de mis hermanos utilizándolos para mis fines? ¿He contribuido, en el seno de mi familia y de mi comunidad, al bien común y a la alegría de los demás? ¿Defiendo a los oprimidos, ayudo a los que viven en la miseria, estoy junto a los débiles, o, por el contrario, he despreciado a mis prójimos, sobre todo a los pobres, débiles, ancianos, extranjeros y personas de otras razas y religiones? ¿He tratado de remediar las necesidades del mundo? ¿Me preocupo por el bien y la prosperidad de la comunidad humana en que vivo o me paso la vida preocupado de mí mismo? ¿Participo, según mis posibilidades, en la promoción de la justicia, la honestidad de las costumbres, la concordia y la caridad? Si alguien me ha injuriado, ¿me he mostrado dispuesto a la paz y a conceder, por el amor de Cristo, el perdón, o mantengo deseos de odio y venganza?

Este examen de conciencia nos prepara y nos ayudará, si así lo necesitamos, a vivir luego el sacramento de la reconciliación.

JESÚS INTERCEDE POR EL PUEBLO.

Después de su Transfiguración, Jesús continúa con su servicio al Reino, anunciándolo y haciéndolo presente con sus palabras y sus hechos (Lc 13, 1-9). Ahora se dirige hacia Jerusalén, camino que no dejará hasta encontrarse con la cruz. En ese camino le informan de dos situaciones violentas: la matanza de unos galileos a manos de Herodes y la muerte de 18 personas bajo los escombros de una torre. Ante estas noticias, trágicas como las de hoy, Jesús revela que Dios no es vengativo sino misericordioso.

El pueblo de Israel fue comparado muchas veces con una higuera. Israel tenía que dar los frutos de la hermandad, pues ese fue su compromiso con Dios en la antigua Alianza. Pero Dios, que aparece como el dueño que quiere recoger los frutos de la higuera, no los encuentra, porque se ha roto la hermandad entre los miembros de su pueblo: ha crecido la injusticia, el pobre ha sido olvidado, la violencia está a la orden del día y muchas otras situaciones. Piensa en cortar la higuera para que no siga chupándole inútilmente la vida a la tierra. El viñador aparece como intercesor de su pueblo; tenemos que pensar que se trata de Jesús, que le pide otra oportunidad para aflojar la tierra, abonarla y regarla, con la esperanza de que sí dé sus frutos.

Lo que en el fondo está expresando Jesús es que Dios nos da otra oportunidad para cambiar de vida. Si no nos arrepentimos, si no nos convertimos a Dios y su proyecto de vida digna para todas las personas, vendrá la muerte definitiva, la muerte eterna. Jesús intercede por nosotros. En esta Cuaresma quiere trabajar en nuestro corazón para ablandarlo, para abonarlo con su Palabra de vida, para regarlo con los sacramentos, especialmente la Reconciliación y la Eucaristía. Esto lo hace con la esperanza de que demos los frutos de paz y reconciliación en nuestros días.

Así nos lo señalan nuestros Obispos, cuando expresan: «Acoger el don del perdón que Dios nos ofrece de manera gratuita en su Hijo Jesucristo, nos dispone a la reconciliación, es decir, a establecer nuevamente relaciones saludables con el mismo Dios, con los demás, con el entorno y consigo mismo. De esta experiencia nace la moción natural a reparar, en la medida de lo posible, el daño causado; sin embargo, nada que uno pueda hacer se equipara con la altura, anchura y profundidad del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo (Cf. Ef 3,18-19). Reconciliados con Dios y con el prójimo, los discípulos somos mensajeros y constructores de paz y, por tanto, partícipes del Reino de Dios (Cf. Mt 5,9» (No. 155).

Estos son los frutos que Dios espera de nuestra comunidad.

NUESTRO COMPROMISO: CONVERTIRNOS PARA DAR FRUTOS DE PAZ Y RECONCILIACIÓN.

Los Obispos de nuestro país nos recuerdan que el cumplimiento de la misión que tenemos desde el Bautismo nos tiene que llevar a dar frutos duraderos: «Los discípulos de Jesucristo no podemos olvidar la finalidad de la misión que nos ha sido confiada: «los he destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca» (Jn 15,14)» (No. 157).

Dos de los frutos que se esperan de los discípulos de Jesús, frutos que son signos de que estamos en proceso de conversión hoy, son la reconciliación y la construcción de la paz: «La misión apostólica que el Señor nos ha confiado comienza con el anuncio de la paz: «cuando entren a una casa, digan primero: paz a esta casa» (Lc 10,5-6). Este saludo, que tiene su origen en el «shalom» de los judíos, tiene un significado muy profundo que no tiene su fuerza en la ausencia de conflictos sino en la presencia de Dios con nosotros, augurio y bendición, deseo de armonía, de integridad, de realización, de unidad y bienestar. Este saludo, conservado en la liturgia, implica asumir el compromiso de recorrer el camino que lleva a la restauración de la armonía en las relaciones entre los hombres y con Dios. En este camino se asocia el perdón que pedimos a Dios con el que damos a los hermanos (Cf. Mt 6,12)» (No. 158).

Trabajar por la construcción de la paz, lleva a conseguir el bien común, a vivir en la verdad, a lograr la justicia y a experimentar la libertad a lo interno de las familias, en las comunidades y en la sociedad. No debemos permitir que se siga secando la vida de nuestro país, ni que la paz y la reconciliación estén ausentes.
Veamos: ¿Qué vamos a hacer como comunidad para trabajar porque la paz y la reconciliación sean realidad entre nosotros? (tomar un acuerdo concreto).

CEPS

2010-02-28

Con Jesús, transfigurar nuestro mundo

POR LA RECONCILIACIÓN A LA PAZ
Reflexiones Cuaresmales 2010
2° Domingo de Cuaresma

INTRODUCCIÓN.

En el tema anterior entramos con Jesús en el desierto, donde fue probado en su condición de Hijo de Dios. Ante las tentaciones salió adelante, sosteniéndose en su relación filial para con su Padre, para ir luego a la misión. También vimos cómo la violencia y la inseguridad en que vivimos son consecuencia de que muchas personas se están dejando llevar por las tentaciones del tener, del poder y del placer.

En este segundo tema viviremos con Jesús la vivencia de su Transfiguración para continuar en la misión, la cual tiene como referente la entrega de su persona hasta la experiencia de la cruz. Con el tema nos revisaremos personal y comunitariamente en relación a la entrega que estamos teniendo en la construcción del Reino y descubriremos lo que tenemos que hacer como comunidad para que nuestro mundo sea transfigurado.

NUESTRA SITUACIÓN: VIOLENCIA, SECUESTROS, MUERTES, ASALTOS, ROBOS… INSEGURIDAD.

Ante el crecimiento de la violencia y la inseguridad con que nos encontramos día a día, los Obispos de nuestro país nos invitan a trabajar por la paz y la reconciliación. Ellos ven la situación grave y triste, preocupante y desafiante:
«En México, al igual que en varios países de América Latina y del Caribe, se está deteriorando, en la vida social, la convivencia armónica y pacífica. Esto sucede por el crecimiento de la violencia, que se manifiesta en robos, asaltos, secuestros, y lo que es más grave, en asesinatos que cada día destruyen más vidas humanas y llenan de dolor a las familias y a la sociedad entera» (No. 10)

y, al mismo tiempo, señalan
«El dolor y angustia, la incertidumbre y el miedo de tantas personas […] los excesos, en algunos casos, en la persecución de los delincuentes. Nos preocupa además, que de la indignación y el coraje natural, brote en el corazón de muchos mexicanos la rabia, el odio, el rencor, el deseo de venganza y de justicia por propia mano» (No. 4).

Comentemos: ¿con qué situaciones de estas nos hemos encontrado? ¿Qué experimentamos al vivirlas o al darnos cuenta de ellas en la experiencia de otras personas?

Todas estas situaciones de la vida personal o familiar no están aisladas del resto de la vida de la sociedad. Solamente expresan lo grave de la injusticia y las desigualdades en que vivimos, además de que existen otros factores que las alimentan y sostienen. Nuestros Obispos señalan esas realidades: el auge que se ha dado a la economía de mercado, en la que no hay oportunidades iguales para todos, pues impera la ley del más fuerte; el crecimiento de la pobreza, que se expresa en rostros concretos; los bajos salarios, el incremento del desempleo, la falta de condiciones para que crezcan las pequeñas y medianas empresas, la concentración de la riqueza en pocas manos, la corrupción y la impunidad. Pareciera que no hay muchas esperanzas de que la situación vaya a cambiar.

EN MEDIO DE LA CRISIS, JESÚS ES TRANSFIGURADO.

Con su servicio diario Jesús anunciaba buenas nuevas a los pobres (Lc 9, 28-36). Pero parecía que su misión no daba resultados: ya estaba condenado a muerte desde el comienzo, había sido tachado como loco y endemoniado por sus familiares, sus paisanos lo rechazaron, estaba siendo atacado por las autoridades religiosas. Llegó a tal grado su crisis que les preguntó a sus discípulos sobre lo que decía la gente de él y lo que ellos mismos decían.

Todavía les anunció que en Jerusalén iba a sufrir mucho a manos de las autoridades y que iba a morir y resucitar. Así andaba Jesús cuando subió a la montaña a orar al Padre, acompañado de algunos de sus discípulos, y en ese encuentro con su Padre se transfiguró.

Jesús fue ungido por el Espíritu Santo para anunciar buenas nuevas a los pobres, para liberar a los cautivos, para devolver la vista a los ciegos y para proclamar el año de gracia del Señor. Jesús vino para liberar, para dar vida digna. Su Padre lo confirmó en esta misión y lo sostuvo en su condición de Hijo amado. Así le devuelve la confianza en sí mismo para continuar con la misión. La transfiguración fue completa, por fuera y por dentro; por fuera apareció radiante, con las vestiduras blancas, reflejo de su situación interior. Así nos da a entender que vale la pena dedicar la vida a la construcción del Reino de Dios. Quiere decir que, al ser transfigurado, Jesús quedó nuevamente con fuerza para seguir en su misión.

Nuestros Obispos nos ayudan a caer en la cuenta de esta misión y de cómo la vivió el Señor.
«Jesús rechazó la violencia como forma de sociabilidad y lo mismo pide a sus discípulos al invitarlos a aprender de su humildad y mansedumbre (Cf. Mt 11,29). Para romper la espiral de la violencia, recomienda poner la otra mejilla (Cf. Mt 5, 39) y el amor a los enemigos (Cf. Lc 6,35), paradoja incomprensible para quienes no conocen a Dios o no lo aceptan en sus vidas. La motivación evangélica que justifica esta recomendación es clara: imitar a Dios (Cf. Mt 5,45); el amor a los enemigos hace al ser humano semejante a Dios y en este sentido, lo eleva, no lo rebaja. Así, el discípulo se incorpora en la corriente perfecta del amor divino para salir de sí mismo y construir una humanidad solidaria y fraterna. El discípulo de Jesús debe amar gratuitamente y sin interés, como ama Dios, con un amor por encima de todo cálculo y reciprocidad» (No. 133).

Y para vivir en el amor, que transfigura el mundo al eliminar toda clase de violencia, el Padre también pide a los discípulos de su Hijo que lo escuchemos, por lo que tenemos que actuar como Él. No debemos quedarnos encerrados, metidos en nuestras casas o en nuestros templos; tenemos que salir a la misión, a luchar por la paz, la justicia y la reconciliación. Por eso Jesús, después de haber sido transfigurado, regresa al anuncio del Reino, que tiene como consecuencia la muerte en cruz de la que hablaba con Moisés y Elías.

¿De qué manera nos reanima Jesús con su experiencia de transfiguración?

NUESTRO COMPROMISO: TRANSFIGURAR NUESTRO PAÍS LUCHANDO POR LA PAZ.

El encuentro con Jesús en el Monte de la Transfiguración vuelve a los discípulos al trabajo de construcción del Reino de Dios. Si ya antes de subir al monte Jesús les había anunciado su muerte y resurrección, después de la experiencia de la transfiguración ellos tienen que guardar silencio y seguirlo en su camino hacia la cruz.

En relación a la situación de violencia creciente en México, nuestros Obispos en su documento sobre la Paz y la Reconciliación dicen:
«El Reino de Dios no se impone por la fuerza ni con la violencia; es una realidad sobrenatural, presente en el corazón y en el testimonio de los discípulos, que critica y desenmascara las falsas paces y las estructuras que hacen imposible la paz. Jesús alienta a quienes le siguen a trabajar por la paz que es don de Dios y tarea del hombre. Quienes se comprometen en construirla son llamados “hijos de Dios” (Mt 5,9). Ya en el Antiguo Testamento encontramos la concepción del ser humano como artífice de la paz (Cf. 1 Mac 6,58‐59) y ello no se refiere a quienes tienen ánimo pacífico, de quietud o sosiego, sino a quienes se comprometen en “hacer” la paz, en tomar la iniciativa, en trabajar, en esforzarse por conseguirla. Tampoco se refiere a los que cultivan la paz para sí mismos, sino a quienes se empeñan activamente por establecerla, allí donde los hombres la han roto y se encuentran enemistados» (No. 136).

También nos dicen:
«Esta misión, por la que hacemos nuestro el deseo del Padre de construir el Reino y de anunciar la Buena Nueva a los pobres y a todos los que sufren, exige de nosotros una mirada inocente que nos permita desenmascarar la obra del mal, denunciar con valentía las situaciones de pecado, evidenciar las estructuras de muerte, de violencia y de injusticia, con la consigna de vencer al mal con la fuerza del bien» (No. 159).

A la luz de lo reflexionado en este tema asumamos un compromiso: ¿Qué vamos a hacer en nuestra familia, en nuestro barrio o pequeña comunidad para que en nuestro pueblo haya un ambiente pacífico? (tomar un acuerdo a realizar).
CEPS

2010-02-21

Con Jesús, vencer las tentaciones

POR LA RECONCILIACIÓN A LA PAZ
Reflexiones Cuaresmales 2010
1° Domingo de Cuaresma

INTRODUCCIÓN.

Estamos viviendo como Iglesia el tiempo litúrgico de la Cuaresma. Estos cuarenta días nos ayudan a prepararnos para la celebración de la Pascua de Jesús. Nuestra preparación la hacemos con la imposición de la ceniza, la oración, la abstinencia, el ayuno, el encuentro con la Palabra de Dios, el rezo del Viacrucis, el sacramento de la Reconciliación y la celebración de la Semana Santa. Se nos propone vivir todo esto dado que la Cuaresma es un tiempo dedicado a fortalecer la vivencia de la conversión.

A partir de hoy vamos a reflexionar en nuestra vida personal y comunitaria a la luz de cinco temas cuaresmales, que tienen como tema general: “Por la reconciliación a la paz”. En ellos nos encontraremos con el texto del Evangelio de cada domingo de Cuaresma, por lo que nos uniremos a Jesús en su servicio al Reino. Los temas son: 1) Con Jesús, vencer las tentaciones. Es nuestro tema de hoy; 2) Con Jesús, transfigurar nuestro mundo; 3) Con Jesús, dar frutos de paz y reconciliación; 4) Con Jesús, volver a la paz del Padre; 5) Con Jesús, vivir la misericordia.

[Que estas reflexiones cuaresmales nos animen a asumir un compromiso concreto a favor de la vida digna de nuestro pueblo]

NUESTRA SITUACIÓN: INSEGURIDAD Y VIOLENCIA.

Acerca de la situación en que vivimos, nuestros Obispos, en su exhortación pastoral “Que en Cristo nuestra paz, México tenga vida digna” sobre la misión de la Iglesia en la construcción de la paz, para la vida digna del pueblo de México, expresan: «En los últimos meses, en toda la geografía nacional, suceden hechos violentos, relacionados, en numerosas ocasiones, con la delincuencia organizada; esta situación se agrava día con día. Recientemente se ha señalado que una de las ciudades de la República Mexicana tiene el índice más alto de criminalidad en el mundo. Esta situación repercute negativamente en la vida de las personas, de las familias, de las comunidades y de la sociedad entera; afecta la economía, altera la paz pública, siembra desconfianza en las relaciones humanas y sociales, daña la cohesión social y envenena el alma de las personas con el resentimiento, el miedo, la angustia y el deseo de venganza» (No. 2).

Comentemos: ¿qué signos concretos vemos en nuestra comunidad de esta situación?
Si vivimos así no es porque Dios lo quiera o porque tengamos que sufrir ahora para merecer después, sino porque hay unas causas muy concretas, cuya raíz es la ambición de tener de parte de unas pocas personas. Y también es causa de esto la manera en que está organizada la sociedad y el privilegio que tiene el mundo del mercado.

Así lo expresan los Obispos de nuestro país: «La economía es uno de los ámbitos en los que debemos buscar los factores que contribuyen a la existencia de la violencia organizada. La desigualdad y la exclusión social, la pobreza, el desempleo, los bajos salarios, la discriminación, la migración forzada y los niveles inhumanos de vida, exponen a la violencia a muchas personas: por la irritación social que implican; por hacerlas vulnerables ante las propuestas de actividades ilícitas y porque favorecen, en quienes tienen dinero, la corrupción y el abuso de poder» (No. 28).

«Los actos violentos que presenciamos y sufrimos son síntomas de otra lucha más radical, en la que nos jugamos el futuro de la patria y de la humanidad. En el interior del ser humano se da la batalla de tendencias opuestas entre el bien y el mal. Los cristianos no vemos a las personas como enemigos que hay que destruir; nuestra lucha es contra el poder del mal que destruye y deshumaniza a las personas» (No. 110) y «la pretensión de prescindir de Dios y de su proyecto de vida» (No. 112).

En el fondo se trata de la caída en las tentaciones del poder, tener y placer, de parte de unos pocos, que los lleva al acaparamiento, a hacerse su propio proyecto de vida, a hacerse dueños de vidas y personas, a disponer de los bienes de los demás, lo que rompe las relaciones pacíficas entre las personas y, por tanto, con Dios.

JESÚS NOS ENSEÑA A VENCER LAS TENTACIONES.

Antes de comenzar su misión, Jesús se deja conducir por el Espíritu Santo al desierto (Lc 4, 1-13). Ahí, durante cuarenta días, ora al Padre, ayuna, se fortalece; de esta manera se prepara para ir a anunciar y hacer presente el Reino de Dios. A eso vino al mundo. El desierto es el lugar de la prueba, de la tentación, de la experiencia de Dios.

A Jesús se le presentó la tentación fundamental de la humanidad: ser como Dios. Él, siendo el Hijo de Dios –y así lo provocó el diablo–, tenía la posibilidad de manifestar su poder para su beneficio. Dando muestras de poder, podía ganar fama, tener éxito, conquistar el mundo, hacer y deshacer como se le antojara. Estaba frente a la posibilidad, en base a su libertad y a su poder, de obrar el mal y, de esta manera, dar cabida al reinado del mal.

Pero Jesús es consciente de que el proyecto del Reino va por otro lado: por el de la entrega, el servicio, el compartir, el dar la vida. Por eso se muestra obediente al Padre, quiere ser fiel a Él y manifestarse solamente a su servicio, porque Dios quiere la vida digna para toda la humanidad. Jesús decide utilizar su condición de Hijo para servir y dar la vida. Con esta conciencia y apoyado en la Escritura, vence las tentaciones, que igualmente se le presentarán durante su pasión, en el Huerto de los Olivos y en la Cruz. Jesús nos enseña el camino y con su testimonio nos invita a unirnos con Él en la lucha contra el mal, que destruye las relaciones entre las personas y los pueblos, que provoca la violencia, que lleva a la destrucción y a la muerte.

¿A qué nos anima Jesús con su posición frente a las tentaciones?

NUESTRO COMPROMISO: FORTALECER LA VIDA DE LOS BAUTIZADOS PARA RECHAZAR LA VIOLENCIA Y LA INJUSTICIA.

Dicen nuestros Obispos que «la aceptación del mal en el corazón lleva al ser humano: a cerrarse a toda relación complementaria con los demás; a buscar la felicidad aislándose todo lo posible para no ser dañado por los demás y a procurar tener a su disposición todo lo que necesita para lo que considera una vida plena. Una vez afectado por esta ceguera, ya no tiene la capacidad de ver en la creación la presencia de Dios, sólo ve objetos que puede manipular para llenar sus necesidades; de la misma manera ve y trata a las personas, así se ve y se trata a sí mismo» (No. 124). Así, rompe la paz con Dios, con los hermanos y hermanas y con la Creación.

Nosotros no estamos exentos de caer en estas situaciones y tenemos que mantenernos unidos a Jesús en su experiencia de lucha contra las tentaciones. Gran parte de los que son agentes de violencia en nuestro país han recibido el Bautismo y, quizá, otros sacramentos, pero no han sido formados para vivir en comunión, para luchar contra el mal y sus manifestaciones, para ser fieles a Dios y su Reino de vida. Necesitamos asumir esta tarea en nuestra comunidad para con quienes están bautizados.

¿Qué vamos a hacer para garantizar la formación de los bautizados de nuestra comunidad para que se conviertan en agentes de vida? (Acordar una acción a realizar).

CEPS

2009-05-05

JESUS, EL BUEN PASTOR

Ciclo B, 4° Pascua, Jesús el buen pastor, 3 de Mayo de 2009

“EI buen pastor da la vida por sus ovejas”
(Jn 10, 11)

JESÚS DE NAZARET, después de haber curado a un ciego de nacimiento (Jn 9) empezó un diálogo y discusión con los fariseos, a quienes les decía que “El buen pastor da la vida por sus ovejas. En cambio, el asalariado, el que no es el pastor ni el dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye”. Con esto les da a entender que ellos son asalariados, ladrones y asaltantes (Jn 10, 6-8). El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Nos preguntamos: ¿Somos pastores o ladrones? ¿Somos ovejas o borregos? En la situación presente, ¿quiénes son los lobos? ¿están las ovejas felices y saludables o están confusas, deprimidas y medias muertas de hambre? Además, ¿conocemos a nuestros pastores religiosos? Por último, ahora que estamos en tiempo de elecciones, ¿somos capaces de discernir quién es “el buen pastor”? ¿Conocemos a todos los candidatos?

EL DOCUMENTO DE APARECIDA nos ilumina sobre el Reino y su relación con Jesús:
1) Jesús, aunque incluye a todos, opta por las más pobres (Mc 2, 16; Lc 14, 15-24) (AP 353); Jesús está presente en los más pobres, y servirlos es continuación de la Misa (354); Jesús nos previene sobre la obsesión por acumular (Mt 6, 19; 16, 26) (357)
2) La vida nueva y plena es una felicidad que empieza ya desde esta tierra (1Tim 6, 17) (355); toca al ser humano entero, no sólo en lo personal (356); sólo se desarrolla plenamente en la comunión fraterna y justa (359), y sus Señales son la vivencia de las bienaventuranzas, la evangelización de los pobres, el acceso de todos a los bienes de la creación, entre otros (383).
3) Las condiciones actuales de vida de muchos excluidos contradicen el proyecto del Padre (AP 358).
QUÉ LES PARECE si empezamos tomando conciencia de la realidad crítica en que se encuentran muchas ovejas, ya que nuestros Obispos nos advierten: Si cerramos los ojos ante esta realidad, nos situamos en el camino de la muerte (1Jn 3, 14). Lo mejor sería asumir un mayor compromiso a favor del Reino de Vida. El amor a Dios nos invita a todos a suprimir las graves desigualdades sociales y las enormes diferencias en el acceso a los bienes. (AP 358). Qué les parece si profundizamos en el tema de las Bienaventuranzas con el fin de practicarlas. Qué les parece si nos proponemos conocer más a nuestrso pastores religiosos. Qué les parece si nos proponemos ir más allá de los anuncios superficiales de la televisión para conocer más y mejor a todos los candidatos políticos y elegir al mejor el día de las elecciones.

Agustín, Pbro.

2009-04-21

LOS APÓSTOLES COMPRENDIERON LAS ESCRITURAS

Ciclo B, Pascua-3, 26 de Abril de 2009

Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras
(Lc 24, 45)

JESÚS DE NAZARET, después de su resurrección, se apareció en varias ocasiones a sus discípulos quienes “desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma” Finalmente, Jesús “les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto”. ¿A qué se refiere Jesús al decir “testigos”? Precisamente Dios nos ilumina a través de las Escrituras y nos enseña que para ser testigos de Jesús resucitado hay que predicar a todas gentes la buena nueva empezando con el arrepentimiento de nuestros pecados. A usted ¿le da miedo realizar la misión de Jesús Resucitado? Para empezar, ¿tiene Biblia?

EN APARECIDA señalan los Obispos que para ser discípulos de Jesús se requiere estar familiarizado con la Palabra de Dios (292). En el contexto de una pastoral urbana, se hace muy necesario difundirla (517-h) con belleza (518-L), y “realizar una evangelización con nuevas experiencias, tales como la renovación de las parroquias, sectorización, nuevos ministerios, nuevas asociaciones, grupos, comunidades y movimientos.” (513). Además, el proceso de formación para los discípulos misioneros implica una Conversión: La respuesta de quien ha escuchado al Señor, cree en Él por la acción del Espíritu y se decide a ser su amigo, cambiando su forma de pensar y de vivir. (278-b)

QUÉ LES PARECE si, como pequeñas comunidades, nos proponemos que la Palabra de Dios sea el faro de nuestro camino misionero (AP 180). Además se nos recomienda a los agentes de pastoral: a) Adecuar la pastoral a la realidad urbana: lenguaje, horarios, prácticas. b) Un plan de pastoral orgánico, articulado y que llegue a todos los niveles. c) Sectorizar las parroquias. e) Servicios de atención personal, dirección espiritual y del sacramento de la reconciliación. f) Una atención especializada a los laicos en sus diferentes categorías: profesionales, empresariales y trabajadores. h) Estrategias para llegar a los lugares cerrados de las ciudades. l) Una pastoral que tenga en cuenta la belleza en el anuncio de la Palabra. m) Servicios especiales al trabajo, ocio, deportes, turismo, arte, etc. (AP 518).

Agustín Pbro.

LA DIVINA MISERICORDIA

Ciclo B, Pascua-2, 19 de Abril de 2009

La misericordia del Señor es eterna
(Sal 117)

El 2° domingo de pascua celebramos la Divina Misericordia de Jesucristo. Su decisión de pasar por la cruz para salvarnos nos hace ver la gran misericordia que ha tenido con nosotros. Ha tenido compasión de nuestra miseria. En cierta ocasión, un señor me decía que traía en su cartera una imagen de la divina misericordia porque le habían dicho que al morir, si traía esa imagen con él, el Señor tendría misericordia de él y se salvaría. Quizá el señor buscaba un argumento que le justificara sus múltiples infidelidades con su esposa. Pues bien, esta creencia y otras similares son la causa, entre otras, por las que mucha gente nos critica la manera mágica de vivir nuestra fe. Hay, incluso, personas que tienen en su casa imágenes de tamaño natural. Ciertamente tener imágenes de Jesús Misericordioso es muy bueno, pero evidentemente que por sólo tener las imágenes, e incluso hacer la oración, no es suficiente para salvarnos. ¿Qué más es necesario para salvarnos?

EN APARECIDA señalan los Obispos que solamente los pobres y sencillos pueden conocer a Dios (AP 258, Cf. Mt 11, 25); afirman los Obispos que el Evangelio nos exige ser más sencillos, austeros y solidarios (AP 100-h). El libro de los Hechos de los Apóstoles registra cómo vivía la primera comunidad cristiana: “La multitud de los que habían creído tenía un solo corazón y una sola alma; todo lo poseían en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía.” (Hech 4, 32). Los apóstoles “daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús y todos gozaban de gran estimación entre el pueblo. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían terrenos o casas, los vendían, llevaban el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles, y luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno.” (Hech 4, 33-34)

QUÉ LES PARECE si nos proponemos, para corresponder a la misericordia divina:
1. Ser sencillos como Jesús y María
2. Tener un recto corazón en la relación con Dios y en la relación con los demás
3. Y hacer un esfuerzo de vivir la caridad en comunidad como los primeros cristianos.

Agustín Pbro.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Ciclo B, Pascua-1, 12 de Abril de 2009

María Magdalena, María (la madre de Santiago) y Salomé, compraron perfumes para ir a embalsamar a Jesús (Mc 16, 1)

JESÚS DE NAZARET, durante el proceso de su pasión fue abandonado por sus discípulos, excepto por algunas mujeres que lo habían acompañado sirviéndole en su ministerio. En toda la historia del cristianismo las mujeres se han destacado por su valiente seguimiento del Señor. Hace unos días, estando de visita con un enfermo, de pronto llegó una familia integrada por puras mujeres, además del papá, con el fin de llevar un mensaje evangélico. Fue admirable cómo las niñas y su mamá tomaron la palabra para dar el mensaje. En otra experiencia, decía un expositor que las mujeres son más inteligentes que los hombres, por la simple razón de que usan los dos hemisferios de su cerebro. Nos preguntamos: ¿Le damos a la mujer el trato que le corresponde por su dignidad? ¿Valoramos su admiración seguimiento de Jesucristo? Aparecida afirma que muchas mujeres viven en una situación precaria (AP 48; cf. 65).

EN APARECIDA señalan los Obispos que “El varón y la mujer tienen igual dignidad; ambos son creados a imagen y semejanza de Dios. Jesús valoró la dignidad de la mujer (Jn 4, 27; Lc 7, 36-50; Mc 5, 25-34; Jn 8, 1-11; Lc 8, 1-3). El canto del Magnificat muestra a María como mujer capaz de comprometerse con su realidad y de tener una voz profética ante ella. / La relación entre la mujer y el varón es de reciprocidad y colaboración mutua.” (451-452)

QUÉ LES PARECE si empezamos considerando que es urgente que las mujeres participen en la vida social y eclesial (AP 453). Además, Aparecida nos propone en el # 458:
a. Que nuestra pastoral ayude a promover a la mujer en los ámbitos eclesial y social
b. Que estén presentes en los ministerios laicales y en las instancias de decisión
c. Acompañar a las asociaciones femeninas que luchan por superar situaciones difíciles
d. Dialogar con las autoridades para favorecer leyes que les ayude a armonizar la vida laboral de la mujer con sus deberes de madre de familia.

Agustín Pbro.

2009-04-09

PARA VIVIR MEJOR EL TRIDUO PASCUAL

Escrito por P. Toribio Tapia Bahena
Viernes, 03 de Abril de 2009

Celebrar la Semana Santa es disponernos para conocer, reflexionar y vivir mejor nuestra fe desde la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Deseamos ofrecer algunas pistas de reflexión a partir de tres puntos fundamentales: los pretextos que tuvieron algunos grupos y personas para matar a Jesús; las razones que él tuvo para entregar su vida y el significado y alcance de la resurrección.

¿Por qué mataron a Jesús?

Al preguntarnos ¿por qué mataron a Jesús? estamos tocando directamente su manera de vivir, de relacionarse y de pensar. Sus actitudes incomodaban a quienes, no sólo concebían la vida y a Dios de manera contraria a Jesús, sino que además les convenía mantenerse en sus posturas. Pero ¿qué fue lo que más incomodó a los adversarios de Jesús a tal grado que quisieran matarlo?
Jesús estuvo a favor de la vida de los más desprotegidos. Así, los evangelios presentan a Jesús curando a la gente de diversas enfermedades y expulsando demonios (Mc 1,32-34). Ahora bien, el Señor curaba, pero sobre todo aliviaba. Es decir, quienes se acercaban a Él experimentaban un modo más digno de ver la existencia; ya no era una ley o una costumbre lo más importante, sino la vida, la dignidad del ser humano (Mc 3,1-6). Con la presencia se Jesús experimentaban que lo bueno estaba a su alcance (1,15). Ante Jesús, los enfermos, los pecadores, los pobres, los marginados y excluidos se llenaban de esperanza.

Los evangelios presentan a Jesús rompiendo barreras, superando fronteras. En aquel tiempo existía la idea equivocada de que para mantenerse buenos y puros había que despreciar a los que fueran diferentes, especialmente a quienes no pertenecieran al mismo grupo, al mismo pueblo. Sin embargo, Jesús rompió las fronteras que separaban a las personas. Jesús tocó a los impuros (Mc 1,41; 5,24-28.41), comió con pecadores (2,13-14; Lc 15,1-2); se introdujo en territorio pagano (Mc 5,1-20; 7,24-30), convivió con gente que, de alguna manera, era impura (ciegos, cojos, sordos; Mt 21,14; véase Lev 21,16-24). Y hasta promovió un movimiento de renovación hacia el interior del pueblo judío con una característica muy especial: incluir a todos, sobre todo a los más alejados y rechazados, en este caso los extranjeros.

Además, Jesús proponía unos principios de comportamiento poco comunes que exigían cambiar profundamente no sólo a nivel personal sino también la organización de la vida. Así, por ejemplo, además de no matar hay que evitar cualquier ofensa de desprecio hacia los hermanos (Mt 5,21-26); no es suficiente con evitar el adulterio, es indispensable respetar en todo a la mujer (vv. 27-30); tampoco basta con no hacer más daño que el recibido, debe amarse al enemigo (vv. 38-48). Para Jesús no era suficiente realizar prácticas religiosas; era necesario hacerlas con recta intención (6,5-18); para él la única manera de ser importante era por el servicio a los hermanos en el amor (Jn 13).

Todo esto implicaba, además de un comportamiento personal diferente, un modo más adecuado de experimentar a Dios, de vivenciar las relaciones humanas y de percibir la religión. Para quienes se servían de ideas equivocadas de Dios y vivían de un sistema religioso que los beneficiaba, el comportamiento de Jesús se volvió insoportable, al grado de que muy pronto querían echarle mano para eliminarlo (Mc 3,6). Podríamos decir que a Jesús lo mataron por la vida que llevó y por la misión que cumplió.

¿Por qué entregó la vida Jesús?

Jesús sabía perfectamente que la determinación por hacer la voluntad de su Padre traería serias consecuencias; y las asumió a tal grado que entregó su vida voluntariamente (Jn 10,17-18). Jesús entrega la vida porque esa es la voluntad de su Padre, que se ame hasta el extremo. Dios no estaba de acuerdo con los verdugos que mataban a su Hijo; sí lo estaba con la extrema muestra de amor por parte de Jesús al grado de entregar su vida en la cruz. Los evangelios, especialmente Lucas, nos muestran a Jesús firme en su decisión de cumplir la voluntad de su Padre; la fidelidad en el amor a la voluntad de Dios lo llevó a mantenerse sólido en su camino, firme en sus convicciones (9,51-19,44).

Ahora bien, esta determinación de Jesús por cumplir la voluntad del Padre, es también por fidelidad al ser humano. El evangelio de Juan insiste en que la entrega de la vida de Jesús tiene también como finalidad inmediata que las personas accedan a la vida que no sea acaba, a la vida eterna (3,15-16). Con mucha claridad el evangelio de Juan va diciendo que con la presencia de Jesús y la entrega de su vida, el ser humano puede renacer (3,1-13), todos pueden acercarse a Dios (4,1-42), cualquiera puede responsabilizarse de su amor y misericordia (8,1-11); con esta vida nueva que ofrece el Señor llega también la luz (8,12; 9,1-40) y el tiempo en el que habrá verdaderos pastores, un sólo rebaño y auténticas ovejas (10,1-21)...

La resurrección del Señor

La resurrección de Jesucristo no sólo es el contenido de la proclamación de fe de los primeros cristianos sino el sentido mismo de toda su misión. Los escritos del Nuevo Testamento hablan de ella en dos bloques: las confesiones de fe y las apariciones del Resucitado.

Las confesiones de fe. El testimonio de los primeros cristianos expresado en afirmaciones de fe, credo o predicación misionera parecen resumirse en uno de los textos más antiguos que nos presenta la Primera Carta a los Corintios: “Porque les transmití en primer lugar, lo que a mi vez recibí que Cristo muriópor nuestros pecados, segú las Escrituras; que fue sepultado y que resucitóal tercer dí, segú las Escrituras; que se aparecióa Cefas y luego a los Doce; despué se aparecióa má de quinientos hermanos a la vez de los cuales todaví la mayor parte viven y otros murieron” (15,3-6). La expresión “por nuestros pecados” puede estar indicando su valor salvador para todos los seres humanos, y “según las Escrituras” recuerda que la entrega de la vida por parte de Jesú hace realidad la promesa hecha por Dios. La resurrección, por tanto, entra en la estructura de la Promesa salvífica antes que en la filosófica; es decir, la resurrección de Jesús no es predicada como una enseñnza precisa principalmente sino como la Buena Noticia para todos los seres humanos, creyentes y no creyentes.

Además de las confesiones de fe tenemos los relatos de las apariciones del Resucitado; todas, sin excepción, contienen un matiz misionero; bien por algún mandato expreso, bien por una reacción inmediata de los testigos (Mt 28,9-20; Mc 16,9-20; Lc 24,13-53; Jn 20,11-21,24). Así por ejemplo, Marcos (16,9-20) enfatiza la incredulidad y dureza de corazón de los discípulos; no obstante es a ellos a quienes envía para que vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación; el Resucitado garantiza a quienes crean que hará cosas semejantes a las que él había realizado; y a los que ya han creído y asumen la misión les promete que estará con ellos para que sean coherentes (vv. 17-18. 20). Por su parte, Mateo (28, 16-20) enfatiza que algunos de los once apótoles dudaban (v. 17); no obstante, los envía y les encarga que consagren a las personas a la Trinidad, es decir, que las introduzcan en la vida de Dios; les encarga que enseñen a vivir más que ayuden a "saber". Lucas, por su parte, da a entender de que si los discíulos quieren ser realmente misioneros tendrá que convencerse de que deben comportarse realmente como testigos (24,44-49). Por último, Juan habla del envío de los discípulos por parte del Resucitado en orden a la reconciliación (20, 22); para Juan el envío que hace Jesús como el Padre lo ha enviado además de remarcar la semejanza señala la continuidad.

Para seguir reflexionando:

Señala los comportamientos más importantes que tuvo Jesús y que incomodaron a ciertos grupos o personas de su tiempo.
¿Qué imagen de Dios y de las relaciones humanas percibimos en la manera de pensar y de actuar de Jesús? ¿A qué nos invita esto?
¿Por qué y para qué entregó Jesús su vida?
¿Por qué decimos que la resurrección tiene que ver con la vida presente?
¿A qué nos compromete la fe en la resurrección del Señor? ¿En qué nos anima?

Tomando en cuenta el contexto eclesial hemos querido ofrecer algunos matices relacionados con la Misión.

Las palabras de Pedro, en su visita a la casa de Cornelio, condensan el recuerdo que aquel apóstol tenía sobre quién había sido Jesús de Nazaret y lo que representaba para los cristianos de entonces (Cf. Hech 10,38). Es cierto que también encontramos los relatos de la tumba vacía (Mt 28,1-8; Mc 16,1-8; Lc 24,1-8; Jn 20,1-10); sin embargo, lo más seguro, es que éstos no tengan intenciones apologéticas a manera de prueba de la resurrección. La Resurrección como Promesa evita la extravagancia (“les queremos compartir algo raríimo”) y el revanchismo (“les demostraremos que no pudieron con él”).
Los primeros cristianos utilizaron tres imágenes principales para hablar de este acontecimiento central: la Resurrecció, la vida y la exaltación. La resurrección está en clave de contraposición muerte/vida; Jesú estaba muerto y despierta de la muerte; yací en la tumba y fue levantado. Las otras imáenes subrayan la novedad; Jesús no se reintegra a nuestro mundo, pasa al mundo de Dios; por esto, el Cristo Resucitado será llamado “primogénito de entre los muertos” (Col 1,18) porque inaugura el mundo nuevo.

No entramos en discusiones sobre los finales de Marcos (16,9-20) y de Juan (21,1-25). Lo importante es que ambos finales precisan lo que se ha dicho en cada uno de ellos anteriormente.

P. Toribio